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Edmond Schoorel
HABLAR CON LIBERTAD
El trato con el habla naturalmente cobra una enorme importancia en el desarrollo del niño. ¿Qué significa empero para un niño poder disponer libremente su órgano del habla? El bebé aún no tiene esa posibilidad. Aún no puede imitar aquello que escucha, y mucho menos puede expresar a partir de su propia motivación interior aquello que lo mueve, aquello que siente. Poder disponer del órgano del habla propio cuenta con las tareas más importantes de los primeros siete años de vida. Logrado esto, el niño puede escuchar lo que se dice, puede callar cuando corresponde y puede expresar aquello que lo ocupa.
Para comenzar, una breve descripción de los órganos del habla.
El órgano del habla posee una relativa extensión. La laringe con las cuerdas vocales conforma el centro. Sin embargo existe una expansión hacia arriba y hacia abajo. Para poder obtener una vibración de las cuerdas vocales y así generar un tono, tiene que fluir aire desde dentro hacia afuera. Inspirar el aire, transformarlo y espirarlo en forma cambiada, es misión de los pulmones. El aire de la respiración, cambiado por el metabolismo, está al servicio del habla, mientras que la musculatura de los órganos respiratorios (musculatura intracostillar, diafragma, musculatura abdominal) proporcionan el movimiento. Cada movimiento de cualquier músculo del cuerpo se traslada –visible o invisiblemente- a todos los demás músculos. Por lo tanto, hacia abajo, el órgano del habla de encuentra ampliado por la respiración, el metabolismo y los músculos. Cuando la voz se utiliza “desde abajo” ya no se genera el habla, sino tan sólo vociferación, griterío. El lactante hambriento es un buen ejemplo al respecto.
También hacia arriba la laringe se encuentra conectada con una gran parte del órgano del habla. En primer término, se adhieren los órganos de la articulación y la resonancia. Mediante la cavidad bucal y de la faringe, los labios, dientes y lengua, los tonos de la laringe obtienen contornos de sonido. De esta manera se genera el habla entendible. Pero esto no es todo.
Un niño que no oye, no podrá hablar. Sin oído, no pueden ser percibidos el habla y los sonidos. Este escuchar constituye algo muy particular. El niño no solamente escucha un “ruido-sonido”, sino que en el ámbito auditivo percibe al habla a modo de un sonido especial. De esta manera desarrolla su sentido del habla. Más adelante, con su sentido de la comprensión podrá captar asimismo el significado de la palabra, más adelante aún, con su sentido del pensar podrá evaluar, diferenciar si el locutor en cuestión realmente entiende lo que está diciendo (Schoorel 2008). En realidad empero, no se encuentran tan rigurosamente separados estos tres “órganos sensoriales superiores”. Un niño aprende a diferenciar sonidos, palabras y conceptos por el hecho de que un adulto se lo dice personalmente, de manera consecuente y confiable. Por así decirlo, hacia arriba van creciendo enormes orejas de la laringe, que se expanden a modo de abanico hacia el mundo de los sonidos, de los conceptos, de los hombres y de otros seres, que pueden manejarse con estos conceptos.
Visto de esta manera, el órgano del habla conecta al hombre con la profundidad de su corporeidad y con la altura de su capacidad perceptiva. Y en el centro, en el medio, es el lugar donde nace el habla. Es el instrumento por excelencia, para convertirse en partícipe de la comunidad humana, para no ser privado de la audición, y solitario, para no tener que “rugir”, sino descubrir en ese centro las propias palabras. ¡Qué época tan maravillosa, en la cual los niños inventan nuevas palabras, descubriendo en el hablar, lo que realmente están pensando!
1.8.2011
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