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“Relación de las vivencias en la primera mitad de la vida, con aquellas de la segunda mitad” Rudolf Steiner Traducción de Ana María Rauh Existe una peculiar relación entre las vivencias de una persona en la primera mitad de la vida y aquellas de la segunda mitad de la vida, sólo, que las personas no lo toman en cuenta. Conocemos por ejemplo, una persona, es joven, y la perdemos de vista, antes de que alcance una determinada edad. O, conocemos una persona de edad avanzada y nada sabemos de su juventud, o si tal vez también conocemos su juventud, olvidamos aquello que ha acontecido años atrás. Contemplar el comienzo y el final de la vida –cuando esto es posible- aportaría la más bella confirmación de la ley del carma ya en la existencia entre el nacimiento y la muerte. Al respecto, podemos recordar algo, referido en las conferencias públicas, acerca, por ejemplo, de la ira, que a modo de una ira noble aparece en la juventud. En aquel entonces hemos caracterizado, como una persona joven aún no puede evaluar debidamente, una injusticia que tiene lugar en su entorno, su intelecto aún no ha alcanzado la madurez suficiente como para poder evaluar concretamente, la injusticia que tiene lugar. Pero a través del sabio manejo del mundo estamos provistos de un juicio basado en el sentimiento, con anterioridad al juicio intelectual. Dada la disposición respectiva en una buena persona, al tener lugar una injusticia en su infancia, se produce una justa y noble ira, que se hace presente simplemente a modo de un sentimiento, y que a su vez es lo único mediante la cual el alma puede percibir la injusticia. El ser humano por entonces no ha alcanzado aun la madurez como para poder penetrar y comprender la justicia mediante el intelecto. Al estar presente en el carácter de una persona este noble impulso de la ira, tenemos que tomarlo muy en cuenta. Dado que, todo aquello que es vivenciado así a modo de un juicio basado en el sentimiento frente a una injusticia, se conserva en el alma esa noble ira de los años de la juventud, compenetra al alma y todo aquello, que de esta manera se va transformando en el curso de la vida, reaparece de otra manera en la segunda mitad de la vida, aparece dentro de una inclinación del sentimiento hacia la amorosa benevolencia y la bendición. La noble ira de la juventud, de la primera mitad de la vida, se transforma de manera tal, que en la parte posterior de la vida aparece a modo de amorosa benevolencia, de una postura que imparte bendición. Y en la segunda mitad de la vida del hombre difícilmente se podrá producir esa benevolencia amorosa, dadora de bendición, sin que en los años juveniles se hubiese manifestado mediante una noble ira frente a la necedad, la tontería, la fealdad en la vida. De esta manera, tenemos un contexto cármico en la vida común, podríamos darle una imagen diciendo: aquella mano que en la primera mitad de la vida no pudo apretarse a modo de puño, impulsado por la noble ira, no podrá extenderse en gesto de bendición, durante la segunda mitad de la vida. De hecho, estas cosas las puede observar únicamente aquel, que realiza las observaciones de la vida con una amplitud mayor, algo, que no se lleva a cabo comúnmente. A partir de un ejemplo trivial puedo mostrar la escasa tendencia de observación de estas cosas en la vida. Ya lo he mencionado reiteradas veces: para aquel que desea adquirir intimas cogniciones de la vida, para profundizar así ocultas condiciones anímicas, resulta ser de excepcional interés, haber actuado como educador a lo largo de determinados años. De esta manera es posible conocer las almas de modo muy diferente a la psicología escolar ordinaria, que comúnmente carece absolutamente de valor para una cognición del alma. Adquirimos la cognición de lo anímico, cuando no solamente observamos al alma, sino, cuando bajo la responsabilidad propia, año tras año tenemos que guiar la vida de otros. Allí, es cuando aprendemos a observar con profundidad mayor. Durante mi extensa actividad educadora, he podido observar no solamente aquellos niños que me habían sido confiados para llevar a cabo su educación, sino también otros niños de las más diversas edades, incluyendo a aquellos que recién habían nacido. De ello hará unos veinticinco a treinta años, en la medicina durante un determinado tiempo –tal, como a lo mejor ustedes también lo habrán podido notar, cambiar de parecer al cabo de cada lapso de cinco años, con respecto a aquello que es “saludable y provechoso” para el hombre- se ha tenido un criterio muy especial, el criterio, de que resultaría ser especialmente vigorizante para los niños débiles, suministrarles a la edad de tres, cuatro y cinco años, un colmado vaso de vino tinto. He visto a niños que han recibido este vaso y también a aquellos que no lo han recibido. Pude aguardar con mis observaciones, puesto que la medicina es supuestamente infalible, opinar algo en su contra, nada efectivo aportaría, por lo tanto pude aguardar con mis observaciones realizadas. Los niños, que en aquel entonces a diario habían recibido una copa de vino tinto para su fortalecimiento, ahora han alcanzado la edad de veinticinco a veintisiete años y he hallado, dado que he prestado atención a los hechos, que todos los niños que han recibido su vino tinto, se han convertido en “zarandillos”, su cuerpo astral se agita, poco pueden emprender con el mismo, no saben cómo manejarse con su vida anímica, en involuntario movimiento constante. Aquellos en cambio, que por entonces “lamentablemente” –como se decía- no pudieron ser vigorizados con aquella copa de vino, se han convertido en personas afirmadas en sí mismo, no padecen ese desasosiego en su cuerpo astral, o en su sistema nervioso, tal como se lo expresa de manera materialista: allí estamos frente a un contexto tal en la vida. De hecho, es uno más bien trivial, y no, uno que ilustre de modo especial el carma, pero, se trata de uno que nos indica, que la observación de la vida no solamente debe extenderse al largo que ocupa nuestra nariz, sino que debe abarcar espacios más extensos de la vida y que no basta que alguna vez hemos constatado: este o aquel medio actúa así o asá. Dado que, aquello que allí de hecho se está incentivando, puede ser constatado por el observador recién al cabo de muchos años. Solamente los grandes contextos de la vida, y todo aquello que nos indica buscar las grandes relaciones de la vida, de hecho nos puede brindar explicación acerca del modo de la relación entre causa y efecto en la vida del hombre. Tenemos que tratar entonces, reunir manifestaciones de vida más alejados entre sí, con referencia a las cualidades anímicas propiamente dichas. Entonces podremos observar la ley del carma entre el nacimiento y la muerte, y hallaremos con frecuencia, que los acontecimientos de la edad posterior están vinculados a aquello que fuera vivenciado en la primera mitad de la vida. Recordemos además aquello, que hemos dicho acerca de la misión de la devoción, acerca de la importancia de poder elevar nuestra mirada con el sentimiento de veneración hacia algún ser, alguna manifestación que aún no comprendemos, que veneramos justamente por el hecho de no estar a su altura mediante el intelecto. Y suelo llamar la atención a la importantica del hecho de cuando una persona puede afirmar: siendo niño, había sentido hablar de un miembro de la familia, merecedor de un respeto especial. Aun no lo había conocido, pero ya existía en mí ser, una profunda veneración frente a esa personalidad. Luego, cierta vez, dada la oportunidad, fui conducido hacia ese venerado miembro de la familia. Y con un íntimo respeto sagrado, coloqué la mano sobre la manija de la puerta que conducía a la habitación donde aparecería esa personalidad significativa. Más tarde en la vida, sentiremos gratitud por ese sentimiento de devota veneración, ya que le debemos algo sumamente importante, he conocido personas que, al ser llamada su atención con referencia al sentimiento de devota veneración frente a lo espiritual-divino alegaron: Soy ateo, no puedo venerar lo espiritual. A esas personas les podemos decir. ¡Contempla al cielo estrellado! ¿Tu lo puedes generar? contempla la sabia estructura e imagina. ¡Allí podemos sumergir un sentimiento de verdadera veneración! – mucho existe en el mundo que no podemos abarcar con nuestro intelecto, a lo cual empero podemos elevar nuestra devota mirada. Y, sobre todo en la juventud existe mucho de aquel, que merece nuestra mirada plena de repito, aún cuando no la comprendamos. La devoción experimentada en la primera mitad de la vida, se transforma en una muy particular cualidad de vida en la segunda mitad. Por cierto, que todos nos hemos enterado de personalidades que, mediante la cual que son, constituyen algo así como un ente benéfico para su entorno. No es menester que digan algo en particular, su sola presencia es suficiente. Es como si a través del modo de su ser, fluya algo invisible, que a su vez se participa a las demás almas, algo, que produce bienestar y sosiego sobre el entorno. Estas personas ¿a quién le deben esa fuerza de accionar beneficiosamente sobre su medio circundante a través de sus condiciones anímicas? Se lo deben a la circunstancia, de que en su juventud pudieron vivenciar una vida de devoción, que han tenido mucha devoción en la primera mitad de la vida. La devoción en la primera mitad de la vida, se transforma en la fuerza de accionar invisiblemente, a modo de bendición y beneficio en la segunda mitad de la vida. Así, nos encontramos nuevamente frente a un contexto cármico, que se expresa con claridad en el lapso entre el nacimiento y la muerte, cuando desarrollamos la facultad de observarlo. Y en definitiva, Goethe se ha servido de un bello sentimiento cármico, cuando a modo de lema para una de sus obras ha elegido las memorables palabras: “Lo que anhelamos en la juventud, lo recogemos a modo de cúmulo a edad mayor”. Por cierto, si tan sólo observamos contextos breves en la vida, a menudo podremos hablar de deseos no satisfechos, lo cual acontece en menos medida, al observar contextos mayores. (GA 116, Conferencia del 22.12.1909) 17.4.2013
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