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“LOS DERECHOS DEL NIÑO” Marie Luise Compani, Peter Lang Traducción de Ana María Rauh Cuando en diciembre de 1899 el parlamento sueco llevaba a cabo su última sesión en el siglo 19, la maestra, periodista y delegada Ellen Key pronunció un discurso llamativo. Habló acerca de que el siglo venidero, el siglo 20, tendrá que ser un siglo del niño. Presentó un futuro sistema educativo y formativo, en el cual debían reconocerse y asegurarse los derechos del niño como individualidad y personalidad independiente. Y señaló, que los niños nacen con la capacidad de formación y de aprendizaje propios. Es por ello, que deber ser creadas instituciones educativas y formativas para posibilitar estos procesos de autoeducación. Ellen Key finalizó diciendo, que las sociedades que no sitúan en el centro de sus esfuerzos las necesidades básicas y los derechos fundamentales de los niños, fracasarán en definitiva, o, al menos sufrirán graves daños. Pocos años más tarde en 1907, María Montessori abrió en Roma una primera Casa Para Los Niños. Una idea central, básica de la pedagogía Montessori, se resume en la oración: “Ayúdame a hacerlo yo mismo!” Un llamamiento, que Montessori colocó en la boca de todos los niños del mundo, para que sus padres, pedagogos y políticos de la educación la escuchen una y otra vez. Entre otros, María Montessori buscaba, no ofrecerlo a los niños un mundo concluido, terminando, sino un mundo en el cual los niños a través del propio accionar, las experiencias propias y la propia toma del conocimiento, aprenden a configurar, mediante el paso a través de diferentes fases evolutivas. Al comienzo de ese mismo año, Rudolf Steiner daba una serie de conferencias pedagógicas en Berlín, en la primavera de 1907, a modo de un libro: “La Educación del Niño desde el aspecto de la ciencia espiritual”. En la introducción dice: “No deben establecerse exigencias ni programas, sino que la naturaleza del niño deberá ser referida simplemente. A partir del ser del hombre en evolución, emanarán por sí mismo, los aspectos para la educación”. En el siguiente curso del libro, Steiner invita al lector, a compartir un viaje de exploración, se ocupa en primer término del visible cuerpo físico del niño, pero luego también de los ámbitos del ser no visibles, pero reconocibles, a ser descubiertos en el accionar pedagógico, por ejemplo las fuerzas vitales del niño, sus percepciones anímicas y de su conciencia del yo, que irá desarrollándose con claridad cada vez mayor e irá modificándose. Steiner le otorga una negativa al entendimiento del ser humano meramente materialista y a una pedagogía basada sobre ese criterio, señalando la universalidad, la diversidad temporaria biografía de los procesos evolutivos y de transformación. Aún al comienzo del siglo 21 no se ha logrado asegurar los derechos del niño con respecto a su propia infancia, a pesar que las Naciones Unidas han establecido obligatoriamente los derechos humanos y la convención de los derechos del niño. Por cierto, muchos niños asisten a jardines de infantes y a escuelas, habitan en casas sólidas, tienen suficiente alimento, la atención médica es buena y crecen en condiciones seguras y amorosas. Así y todo, demasiados viven en un mundo sin orientación dadora de sentido, son oprimidos en su desarrollo individual. Niños rodeados violencia, codicia, egoísmo e indiferencia. Se impide y entorpece su anhelo de movimiento, se manipula su fuerza de fantasía y se la defrauda, no pueden desarrollar plenamente su capacidad lingüística. Muchos niños padecen stress, nerviosidad, temor, daños auditivos, trastornos del sueño y alergias, y al orientar nuestra mirada hacia las tan numerosas regiones de crisis en el mundo, podemos observar situaciones penosas de una gravedad mucho mayor: allí impera el hambre, la explotación, la persecución, la ausencia formativa absoluta, opresión física y anímica-espiritual. Todos nuestros aportes se encuentran orientados hacia el esfuerzo de señalar las necesidades básicas del niño, para poder realizar a partir de ello, en accionar pleno de sentido, sanador-educativo. Al mismo tiempo, señalamos los peligros que acechan al desarrollo infantil, - al cual pertenecen asimismo los efectos nocivos de una “pedagogía de aceleración” de la temprana niñez (cuanto más rápido mejor) un nuevo adelantamiento de la escolaridad y una escolarización de las tareas del jardín de infantes- y desarrollamos alternativas salutíferas. En todo ello, no se trata de una modernidad de por sí, ni de un aferrarse a lo existente. La infancia nunca se genera por sí misma, siempre es una decisiva misión cultural: ataña a una sociedad, a cada individuo, a todos nosotros. Hace unos años se ha pedido a Nelson Mandela, uno de los precursores más importantes de los derechos humanos, realizar un discurso en ocasión de la inauguración de un centro pedagógico Waldorf. Mandela lo expresó así: “Una sociedad se manifiesta claramente en el modo en el cual trata a sus niños. Nuestro éxito tiene que ser medido en la felicidad y en el bienestar de nuestros niños, que en toda sociedad son los ciudadanos más vulnerables y a su vez, su mayor tesoro.” Stuttgart, marzo 2011.
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