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João Torunsky

LA PAZ SOCIAL COMO ALQUIMIA DE LA VOLUNTAD

Al tomar en cuenta las experiencias que realizamos en el curso de la vida, podemos notar que esas experiencias tienen dos cualidades diferentes. Por un lado, vivenciamos al mundo que nos rodea, y por el otro lado realizamos experiencias con nosotros mismos. Las experiencias con el mundo poseen la cualidad de que obtenemos la sensación de que el mundo está fuera y al realizar la experiencia referida a nosotros mismos, la sentimos de manera tal que nos hallamos dentro de nosotros, mientras que el mundo se encuentran fuera de nosotros. Esa percepción es muy poderosa y está condicionada por la relación que tenemos con nuestra propia corporeidad, dado que con cada experiencia propia, nos vivenciamos en algún lugar dentro de esa corporeidad. Con respecto a ambas experiencias, nuestro cuerpo es un mediador, es la herramienta que se halla a nuestra disposición, que crea la relación entre el experimentarme a mí mismo en mi interior y el experimentar al mundo allá afuera. Dado que por un lado percibimos al mundo, lo comprendemos y por el otro lado mediante nuestro querer nos imprimimos en el mundo, trabajamos y lo modificamos. De estas dos relaciones se habla en el acto dominical para los niños, cuando se les dice que aprenden para comprender al mundo y que aprenden para trabajar en el mundo. En ambas direcciones se encuentra a nuestra disposición nuestro cuerpo, a modo de mediador. Percibimos al mundo, mediante los órganos sensorios que tenemos en nuestra corporeidad y trabajamos en el mundo a través de nuestros miembros, a través de nuestros músculos.

En el curso de los últimos 200 años, la ciencia natural ha investigado y descubierto muchas cosas con respecto a las funciones y a los efectos del cuerpo en estas dos direcciones. En medida cada vez mayor, se ha podido comprobar que entre los órganos sensorios y el cerebro existen nervios, al igual como entre el cerebro y los músculos y que tanto en ocasión de la actividad de la percepción, así como también en oportunidad del accionar de la musculatura, acontecen procesos fisiológicos, que entre otros generan tensiones eléctricas. Se ha comprobado que la electricidad que se genera en ocasión de estos procesos fisiológico se moviliza a lo largo de los nervios, en ambas direcciones: hacia el cerebro y en sentido opuesto. En los nervios que desde los órganos sensorios establecen  una conexión hacia el cerebro, la electricidad circula en ambas direcciones pero principalmente hacia el cerebro. En los nervios que establecen la conexión entre el cerebro y la musculatura, esa electricidad también circula en ambas direcciones, pero preponderantemente alejándose del cerebro.

Estos proceso son muy complejos y para nuestro tema es importante la manera en la cual se comprende estos fenómenos. En el curso del siglo 19, en la ciencia de la fisiología de los nervios, han experimentado una determinada interpretación. Con el advenimiento del materialismo ene le siglo 19, y mediante el impulso básico de la ciencia de interpretar al ser humano a modo de una maquina, estos fenómenos son interpretados consecuentemente. Han recibido la interpretación que todos nosotros hemos aprendido en la escuela.

En ocasión de toda percepción se genera una primera relación entre mi propio ser y el mundo ¿qué acontece allí? En el mundo por ejemplo tengo un árbol y en el mundo tengo fuerzas fisicales, por ejemplo la
luz.

Sucede que la concepción actual es de
manera tal que la luz en el órgano
sensorio, el ojo, produce procesos
fisiológicos y que estos procesos, entre
otros, también generan tensión eléctrica.

A través de los nervios esta electricidad
es conducida al cerebro, y llegado allí,
de alguna manera- y esto es un enorme
enigma – dentro de mí se genera la
conciencia: estoy viendo un árbol. Por el otro lado: a través de la percepción del mundo obtengo concepciones, en mi conciencia obtengo conocimientos del mundo y genero la idea de que quiero hacer algo en el mundo. En el cerebro se produce tensión nerviosa, electricidad. Y esta electricidad es conducida a través de los nervios, que conectan al cerebro con los músculos y así los músculos entran en movimiento. Este es el concepto materialista. Y por esa razón los nervios que desde los órganos sensorios conducen al cerebro, reciben la denominación de nervios SENSORIOS. Y los nervios que desde el cerebro conducen a los músculos, se denominan nervios MOTRICES. En la actualidad, la medicina y la fisiología hablan de manera más diferenciada de estos nervios, como nervios aferentes y nervios eferentes.

Esta idea de los nervios sensorios y los nervios motrices, ha experimentado una increíble divulgación en la humanidad, a la par de la propagación del telégrafo. Cuando el hombre aprendió a utilizar la electricidad, por ejemplo en el caso del telégrafo, esto ha preparado al terreno, para poder vivenciar la sensación de la evidencia de esa idea: ¡Así puede ser! ¡De tan simple manera funciona el hombre! Podemos compararlo con los timbres en nuestras viviendas. Imaginemos estar viviendo en un tercer piso, y el cartero está tocando el timbre en la calle. En el momento en el cual está tocando el timbre abajo, un proceso eléctrico se produce. Suena el timbre en su vivienda. Allá arriba usted apretar un botón y abajo se abre la puerta. De esta manera tan simple, mecánica dicen que también nosotros estamos funcionando.

A comienzos del siglo 20, Rudolf Steiner se ha opuesto vehemente contra la idea de una concepción tal de la actividad nerviosa. Ha intentado advertir a los hombres, que las consecuencias de esta manera de comprender al hombre, seria devastadora para cada ser humano y para la comunidad. Y hasta llega a afirmar: “Si no se logra superar la idea de los nervios motrices, jamás estaremos en condiciones de formar una comunidad social.” ¿Por qué empero es tan devastador, ver al hombre de manera tal que la percepción del mundo tiene lugar dentro de los así llamados nervios sensorios a través de procesos eléctricos y que las posibilidades de la voluntad se generan por el hecho de que procesos eléctricos transcurren en los así llamados nervios motrices? ¿Por qué se trata de un hecho tan grave?

Recordemos nuevamente el asunto del ejemplo dado con referencia al timbre y la relación con el cartero. Usted está en su vivienda en el tercer piso. El cartero está abajo, en la calle y toca el timbre. Aprieta el botón. Entonces la electricidad pasa por el cable en su edificio y suena en su departamento. Tal vez usted tenga  una buena instalación eléctrica y hasta pueda hablar con el cartero mediante una videocámara. Imagine ahora que de esta manera esté viviendo en su departamento 7 días de la semana, 30 días del mes, 365 días del año, etc. Y esa sería la única posibilidad que tenga de tomar contacto con alguien, a través de la instalación de su disposición del timbre y del locutorio. No puede entonces, ver al mundo de manera directa. Siempre está viendo una imagen del mundo en la linda pantalla colocada en la ventana. La percepción global del mundo, le es transmitida exclusivamente a través de artefactos electrónicos. Y su única posibilidad de comunicarse con el mundo es a través de estos artefactos. Esto no es divertido, es horrible. Estaría prisionero en su propia casa, al no tener la posibilidad de tener un encuentro directo, inmediato con otras personas. Ni tendrían posibilidad alguna, de experimentar al mundo de modo directo, sino tan solo a través de artefactos, que mediante la electricidad le muestran al mundo. Esta idea no es absurda, dado que existen cada vez más personas, que viven de esa manera, que a su relación con el mundo, casi exclusivamente la establecen a través del internet. Y desde hace casi 200 años, la ciencia natural materialista afirma que esto es la existencia fisiológica de todos nosotros, que nos hallamos cautivos dentro de nosotros mismos y que percibimos, experimentamos, al mundo meramente a través de procesos eléctricos dentro de los así llamados nervios sensorio y que podemos actuar en el mundo, meramente a través de procesos eléctricos en los así llamados nervios motrices. Comprendemos así porqué Rudolf Steiner dice que es devastador pensar de esta manera. Dado que esto significaría que nos hallamos cautivos dentro de nosotros mismos, sin tener la posibilidad de establecer una relación autentica y real hacia el mundo y hacia las demás personas. Y que al fin y  al cabo solamente nos experimentamos a nosotros mismos.

Si esto empero no debe ser así, tal como lo sostiene la moderna ciencia natural   ¿Cómo debería ser entonces? ¿De qué manera percibimos entonces al mundo, y como podemos actuar en el mundo mediante nuestra voluntad? Tratemos de aproximarnos a ese misterio, al tomar conciencia de la vigencia que tenemos al tener una percepción. Vemos un árbol en el jardín y de hecho es así: al ver el árbol, lo vivenciamos allá afuera y nosotros mismos estamos aquí. No sucede que al árbol lo vivenciamos a modo de una réplica del árbol en nuestro cerebro. Tampoco es así que el árbol lo vivenciamos como una réplica en el trasfondo de nuestro ojo, en el cual fisiológicamente de hecho se genera una imagen del árbol- esto empero no lo vivenciamos. Vivenciamos al árbol allá afuera y a nosotros dentro de nuestra corporeidad, en cualquier lugar. Así y todo de alguna manera también nos vivenciamos allá afuera con el árbol. Esto no es tan fácil de comprender, pero podemos afinar nuestra atención y sumergirnos de hecho en la percepción del mundo.

Luego podemos realizar la siguiente observación: cuando a nosotros mismos nos decimos “yo”, entonces nos estamos refiriendo a nuestra individualidad. En latín, esta palabra significa “indivisible” – individuum. Vale decir mi yo como mi individualidad como una unidad es indivisible. Esto empero no es algo tan simple. Al tener la vivencia yo estoy aquí y el mundo está allá afuera, me estoy vivenciando dentro de mí, a modo de un centro. Esto lo podemos llamar nuestra conciencia del yo. Pero: esta conciencia del yo, no la podemos equipara con nuestro yo. A nuestra conciencia del yo la vivenciamos en relación con el cuerpo, en cualquier lugar a modo de una experiencia de centro, una centralización. Nuestro yo, el propiamente dicho, tiene la propiedad de germen, de embrión. Es empero muy precioso, por contener la fuerza del crecimiento. Y este yo propiamente dicho de todos nosotros vive en el medio circundante, está relacionado con el mundo. Y  este hecho genera en nuestra conciencia del yo la sensación: aquí me encuentro en el centro, pero al experimentar al mundo, tengo una leve impresión, de que asimismo estoy conectado, ligado allá afuera con el mundo.

Para poder desarrollarse, ese yo-embrión necesita un primer lugar una conciencia del yo. Para poder desarrollar esa conciencia del yo, el yo necesita la corporeidad, el cuerpo. Esa conciencia del yo se desarrolla, cuando el yo que se encuentra en el medio circundante, se refleja en la corporeidad. A través de un concepto naiv, podemos intentar a comprender el significado de este hecho. Imaginemos como por la mañana vamos al baño y nos miramos en el espejo ¿qué estamos viendo en el espejo? Una imagen. Una imagen de nosotros – así somos. Es evidente que nuestra realidad es de manera tal que mediante nuestra corporeidad tenemos la conciencia de nosotros mismos y sabemos: yo estoy aquí, estoy realmente unido a mi corporeidad y en el espejo tan solo se encuentra una imagen mía, la misma no es una realidad.

Imaginemos ahora que esta imagen en el espejo podría desarrollar una conciencia propia, una propia vida. Una vida aparente por cierto, pero así y todo una ilusoria vida propia. Y a continuación esa imagen del espejo, desde allí  mirase hacia afuera. ¿Qué estaría viendo al hacerlo así? ¡En realidad a nosotros! Tan simple tendría que ser. Pero sigamos imaginando que esta imagen del espejo tendría solamente la posibilidad de ver al mundo pero no a nosotros. Entonces la imagen en el espejo estaría viendo un baño vacio, sin nosotros. Miraría desde el espejo viendo al baño vacio, el mundo. Pero tal vez prestando atención, podría darse cuenta: algo tengo que ser yo con este baño.

Con respecto a nuestra pregunta, esto significaría: nuestro verdadero yo se encuentra en el mundo – tal como nosotros en el baño -  y aquello que estamos vivenciando dentro de nosotros a modo de nuestra conciencia del yo, es la imagen-espejo de ese yo. Y  estamos mirando afuera, ¿y qué estamos viendo? El mundo. En la percepción empero nos sentimos comunicados con el mundo, por el hecho de que nuestro verdadero yo está conectado con el mundo. Nuestro verdadero yo está conectado con el árbol. Una conciencia propia de que estoy viendo al árbol  y de que estoy relacionado con el árbol, solamente se produce en el espejo. Mediante todos los procesos fisicales, fisiológicos en el cuerpo, se genera una conciencia de la percepción. Cuando un gran poeta experimenta la sensación de ser una imagen espejo que  mira al baño vacio, lo puede expresar en palabras, tal como lo hiciera Juan Ramón Jiménez en su poesía:

YO NO SOY YO,
Yo soy aquel,
que  camina a mi lado, sin que lo pueda ver
a quien a menudo visito,
y al cual suelo olvidar.
Aquel que guarda silencio, cuando estoy hablando,
que apacible perdona, cuando estoy odiando,
que divaga en los lugares donde no estoy,
que erguido permanecerá cuando yo muera.

 

Yo no soy yo – esa es al meta del desarrollo de la imagen-espejo, de poder llegar al punto tal de reconocer algo vez: yo no soy yo. ¿Qué acontece empero por otra parte con nuestra voluntad? ¿Y con los así llamados nervios motrices? La voluntad es aun más misteriosa que la percepción. Esto lo podemos notar de inmediato, al tratar de realizar conscientemente un movimiento cualquiera por ejemplo levantarnos por la mañana. Activamos nuestra voluntad – pero ¿qué acontece entonces? ¿Qué músculos ponemos en acción y en que secuencia? ¿Cómo llevamos a cabo esto, levantarnos?

Esto acontece por sí solo. Sin que conscientemente movamos cada musculo. Afortunadamente de otro modo nos podía pasar lo que le pasó al ciempiés, que quedó paralizado cuando se enteró que tenía cien pies. Desde entonces ya no pudo decidir con cual pie dar el primer paso. Nosotros con bastante conciencia podemos realizar  un movimiento. Puedo mover mis dedos con cierta conciencia, aun sin estar mirándolos, para saber qué musculo estoy moviendo. Un pianista, tiene que aprender con bastante conciencia,  a mover sus dedos con exactitud. Lo sabemos asimismo cuando recordamos como hemos aprendido conducir un automóvil. Que trabajoso resultó ha sido el manejo de los cambios, del pedal, etc. En algún momento se logró y desde entonces “va solo”. En realidad todos los movimientos que hacemos son movimientos aprendidos de esta manera. Nacemos con determinados reflejos y el sano desarrollo del niño presupone, que estos reflejos desaparecen, al ser superpuestos por movimientos que tienen que ser aprendidos trabajosamente. Mover la musculatura, significa aprendizaje.

Y la manera en la cual el hombre aprende a mover su musculatura, es una señal, un diagnostico con referencia a la sana encarnación en su corporeidad. Por un lado tenemos la posibilidad de movernos conscientemente, por otra parte acontece el aprendizaje de los músculos.

Cuando nos movemos, cuando por ejemplo nos levantamos, podemos observar con mayor exactitud como en primer lugar tenemos una especie de deseo, o también una idea. Esto empero no es suficiente, podemos tener el deseo o la idea durante largo tiempo, sin que por ello nos levantemos. Esto sucede a veces por la mañana. No solamente tenemos que tener la idea de querer levantarnos, sino que realmente tenemos que tomar la decisión de realización. Tenemos que tomar una resolución –eso es lo segundo. Pero aun no es suficiente. Todavía no nos levantamos. Es necesario tomar la decisión: “Ahora…me levanto”. Nada acontece al haber solamente una idea, un propósito o el concepto de una decisión. Cuando empero realmente tomamos la decisión, entonces acontece: nos levantamos. Al tomar en cuenta todo esto, tenemos dos procesos: con nuestra conciencia del yo, podemos tomar conciencia del deseo, aun cuando puede proceder en gran medida de lo inconsciente: podemos tener conciencia de nuestras ideas, así como también poder tomar una decisión, tener un propósito – todo esto tiene lugar en lo consciente. Luego empero se produce un vacio y nos damos cuenta: de hecho nos estamos levantando. Recién esto es la voluntad. ¿De dónde viene? En este lugar del proceso, se trata de la alquimia de la voluntad – o si comprendemos de hecho la palabra – de la magia de la voluntad. La voluntad toma posesión de mi corporeidad, de mis músculos, y me levanto.

¿De dónde procede esta voluntad? Del mismo modo como en el caso de la percepción podemos instruir nuestra atención, también en el caso del a voluntad podemos instruir nuestra atención. Existe una maravilloso librito que se llama: El arte del tiro con la flecha. Al respecto se trata de la formación budista-zen, de aquello que toma en cuenta el Maestro-Zen, en ocasión del disparo de la flecha.

Se trata de tres cosas:

  1. Tensar, pero no mediante fuerza propia
  2. Disparar, pero no a partir de decisión propia.
  3. Al acertar la meta, no henchir nuestra conciencia propia en ocasión del éxito, y al errar la meta no denigrar nuestra conciencia propia en el fracaso.

Esa es la formación de la atención referida a la voluntad: cada palabra que pronunciamos, cada movimiento que llevamos a cabo no realizarlo a partir de fuerza propia, no a partir de propia decisión – y así lo realizado resulto ser favorable, no henchir nuestra conciencia propia, y al equivocarnos, no denigrar nuestra conciencia propia. Podemos orientar nuestra atención hacia donde proviene la voluntad. Y darnos cuenta que el deseo, la idea, el propósito, la decisión, provienen del punto central, de la conciencia del yo. La voluntad misma empero proviene del medio circundante, de mi yo superior. Es la fuente de mi voluntad. Y se apodera de mis músculos. Y como vemos nuestros músculos son algo maravilloso, por el hecho de que los músculos son receptivos para ambos lados de nuestro ser, para la doble naturaleza de nuestro yo.

Percibimos al mundo y a partir de la percepción del mundo, formamos pensamientos, ideas. Y a partir de los pensamientos que percibimos habitualmente, formamos conocimientos que nos conducen a las percepciones de aquello que queremos hacer. Y estas percepciones las transmitimos a los músculos. A los músculos transmitimos asimismo también la decisión de aquello que queremos hacer. Y para ello necesitamos la fisiología de los nervios. Esto no acontece sin nuestra corporeidad. Y ahora podemos comprender, porqué Rudolf Steiner tanto se opuso a la idea de los así llamados nervios motrices: porque no son los nervios los que mueven a los músculos. Los músculos son movidos a través de la voluntad procedente del medio circundante. Pero los nervios y el cerebro y el cerebelo y todo lo a ello pertinente, forman nuestra conciencia del yo, con nuestras ideas, nuestras representaciones. Y las mismas, a través de los nervios son enviadas  los músculos.

Los músculos están abiertos a recibir aquello que procede de nuestra conciencia del yo. Y los musculo reciben la voluntad desde el entorno, procedente de nuestro verdadero yo. Y aquí estamos frente a un misterio, de la creación, un misterio de la generación del ser humano, el misterio de nuestro yo.

Las ideas que formamos mediante nuestra conciencia del yo, - visto de manera fisiológica  - le son obsequiadas a los músculos. Y los músculos reciben a la voluntad, procedente del entorno. Y es solamente por esa situación, que podemos movernos. En oportunidad de cada movimiento, untar una rodaja de pan con manteca, dedicarnos a la limpieza, estamos frente a ese misterio. A esto aquí le doy el nombre de: la fisiología de la generación del yo. Poder comprender esto, se impide por la moderna concepción de los así llamados nervios motrices.

Estos nervios motrices (así llamados) también transmiten una percepción, una percepción de los deseos de las ideas, del propósito de la decisión. Visto desde los músculos, también son nervios sensorios y no motorices. Los músculos, a la voluntad la tienen que recibir procedentes del yo superior, desde el medio circundante. Esto está dispuesto fisiológicamente. Y aquello que se encuentra dispuesto fisiológicamente, lo podemos intentar aprender anímicamente. O tal vez no, dado que aquí gozamos de libertad. El hecho de que lo aprendamos, tiene una consecuencia no solamente con respecto a cómo nos movemos, sino también con respecto a nuestro accionar en la comunidad con otras personas. Dado que si estoy convencido de que mi cerebro forma ideas y que a partir de esa idea se genera una voluntad propia y que esa voluntad propia a través de los nervios motrices puede mover mi brazo, cuando a esa idea la he incorporado profundamente en mi ser, entonces inconscientemente actuaré de la misma manera en la comunidad, tratando de realizar mis ideas mediante mi propia voluntad. Y nunca podré comprender, existe la posibilidad de recibir una voluntad desde la comunidad. La idea de los así llamado nervios motrices, fomenta el egoísmo individual del hombre, para convertirlo en definitiva incapaz con respecto a lo comunitario, por ver la fuente de su voluntad únicamente en su ideología propia. Así la idea de los nervios motrices, separa al hombre de su entorno espiritual, donde puede verterse en el hombre, una voluntad superior. De este modo la comunidad se torna imposible. Solo queda la esperanza, de que las personas de manera más o menos casual, forman una voluntad propia similar, para que al menos exista equidad entre las voluntades propias. Pero esto jamás es una base suficiente para una verdadera comunidad. Recién cuando nos damos cuenta de que aquello que está dispuesto fisiológicamente en el accionar de nuestros músculos lo tenemos que aprender anímicamente, podremos sacrificar nuestras ideas y recibir nuestra voluntad, entonces entre los hombres puede generarse paz y capacidad de amar.

Esta es una misión esencial para la época actual, cultivar una conciencia con respeto a estos fenómenos: intentar de tomar un camino que nos permita aprender en medida cada vez mayor, renunciar  a nuestras propias ideas y recepcionar la voluntad procedente del entorno. Solamente a través de ello podemos convertirnos en una verdadera comunidad, que está en condiciones de realizar algo a partir de nuestra voluntad conjunta que quiere fluir hacia nosotros desde el entorno espiritual y que conduce a actos que pueden hacer progresar a la tierra en su desarrollo.

 

En el seno luminoso,
del Sol que desciende,
coloco mis penas,
mis preocupaciones todas.

Purificadas por su luz,
transformadas en amor,
retornan a mí
como pensamientos que brindan ayuda
como fuerza dispuesta
a actos de sacrificio realizados con amor.

 

 

Rudolf Steiner

 

4.3.2016