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Claudia McKeen LA MEMORIA El poder recordar es una facultad maravillosa. Experimentamos a nosotros mismos, al mundo y sobre todo, nuestra relación hacia el mundo. Por el hecho de poder recordar, sabemos por la mañana cuando despertamos que somos la misma persona que ha quedado dormida la noche anterior. Podemos aprender a evolucionar espiritualmente, dado que por nuestra memoria tenemos una conciencia de nuestras vivencias y experiencias en el curso de nuestra biografía y nos sentimos como seres dotados de un yo, que vive esa vida, se desarrolla y que mediante sus actos se imprime al mundo. A través de la fuerza de la memoria también nos encontramos con nuestros actos en el mundo. Vienen a nuestro encuentro desde el entorno, lo llevado a cabo recientemente así como lo realizado en tiempos pasados. La fuerza de la memoria adquiere empero una cualidad diferente, cuando tenemos que ver en la vida con hechos que no se originaron en esta vida, sino que son consecuencia de decisiones de lo prenatal, o consecuencia de nuestros actos en la vida anterior. No podemos recordarlos de la misma manera como algo que aconteció en esta encarnación. Así y todo, queremos seguir trabajando en nuestros impulsos y participar en el avance del mundo. Buscamos en el mundo las condiciones que necesitamos para nuestro destino y sentimos que aquello que acontece tiene que ver con nosotros o no. De hecho podemos decir que nuestra dicha o desdicha depende del hecho de que nos sentimos en el camino NUESTRO, de que nos hayamos encontrados con nuestra misión interior, nuestros impulsos vitales. Una certeza tal frente al destino, a menudo más bien intuida, también la podemos calificar como memoria, vale decir, recordar las decisiones y los propósitos con los cuales hemos llegado del mundo espiritual, de encarnaciones anteriores a esta vida terrenal. A muchos jóvenes les resulta muy difícil vivenciar este recuerdo cármico, intuirlo, hallarlo dentro de sí. Buscan y no saben lo que están buscando, lo que deben estudiar, qué profesión elegir, no encuentran el sentido en la vida, no encuentran los ideales espirituales que quieren realizar en la vida. Esa es una señal de nuestra época, que ofrece un cumulo de seudo-ideales, que no aturde. Y también nuestra educación es un síntoma de la época, que al sentido de la vida está buscando en medida mayor, en el conocimiento intelectual, equiparando a la destreza vital, con éxito en lo externo, en lugar de ir en búsqueda de realización del destino. “El futuro de todos nosotros depende de que en la educación logremos en medida cada vez mayor, abrir las almas de los hombres nuevamente al espíritu.” Esto lo afirma Helmut von Kügelgen, pedagogo Waldorf, y fundador del movimiento del los jardines de infantes Waldorf, con respecto a la educación en la actualidad. Esta meta, de educar de manera tal que a los niños frente a lo espiritual se les descubran nuevamente sus decisiones pre-natales, es una cuestión del desarrollo físico. Esto significa que el cuerpo no se prepara a través de la educación desde afuera, de manera sana e inteligente, implementando normas, según nuestras modernas concepciones, sino que debe permanecer dúctil y permeable para que el niño pueda ir formando de manera tal que pueda se herramienta para sus propios impulsos y configuraciones vitales cármicas. 20.4.2016
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