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QUE JUSTIFICACION TIENE EL CONCEPTO DE CRISIS EN LA EDAD JUVENIL EL CONCEPTO DE LA CRISIS JUVENIL En 1964, el siquiatra Kaplan ha definido el concepto de crisis en su especialidad: Las crisis son situaciones anímicas de excepción, que no se anuncian desde el interior en forma de enfermedad, sino que son determinadas por una situación de extrema carga exterior. Una vulnerabilidad síquica puede preceder al acontecer de la crisis, y puede influenciarla, empero no es decisiva para su efectuación. Así, el tratamiento de la crisis esta orientado a aconsejar a los afectados, tratando de resolver de que manera pueden manejarse con su situación objetivamente complicada. La tesis de la situación objetivamente complicada, es acertada también con respecto a la edad juvenil. Los jóvenes se encuentran frente a desafíos no vividos con anterioridad y que consecuentemente no pueden manejar a causa de su relativa inmadurez. El mundo vital de los jóvenes puede ser aplastantemente nuevo y por lo tanto tendrá que ser tomado en posesión y a menudo esto no se logra de entrada. Repentinamente, pueden acumularse montanas de exigencias intelectuales y sociales ya no realizables, que pudieron ser alejadas del niño y que de pronto están allí: incertidumbre del rol de uno mismo entre los compañeros de la misma edad, desacostumbrada libertad de acción, a la par de un ceñimiento de impotencia, apertura del futuro, soledad, intensidad de los sentimientos en forma de deseos de lazos y entrega, pero también rabia y odio, pérdida de vínculos que con anterioridad prometían sostén. Les presento la imagen de una crisis de la juventud, que mucho tiene que ver con las particularidades sociales, biológicas y biográficas de la juventud y poco con patologías síquicas. Este esbozo de una crisis de la juventud supone a su vez, que la crisis –en el original sentido de la palabra- marca un punto de inflexión. Las crisis podrían significar un avance en la evolución del joven y al final hasta se hubiese logrado algo mas, que la mera recuperación del equilibrio. Así y todo, en sus crisis los jóvenes también están luchando por su autodeterminación. A la imagen de una especifica de la juventud le es propio a la vez, que la juventud esta expuesta de una manera especialmente sensible a las respectivas corrientes sociales y culturales de la época, en parte, constituyéndose en victima de las mismas y en parte, con una activa respuesta a las mismas, participando de esa manera activamente en su nueva determinación. Esto tiene como consecuencia, que las crisis de los jóvenes experimentan una y otra vez cambios en su configuración, presentándole un espejo a la época respectiva de la historia. En mi libro referido a las crisis en la juventud me he sentido incentivado a integrar algunos ensayos y algunas reflexiones acerca de estas circunstancias: las consecuencias de traumas sexuales, acerca de la cultura juvenil y acerca de ventajas culturales en la obtención de autonomía. Ahora, hemos llegado empero a un limite de nuestras posibilidades de postular una norma especifica de las crisis juveniles. El esclarecimiento de los problemas requiere mas que una comprensión de la época histórica, de los procesos de maduración biológica, de las crisis normales de la juventud, del cambio de las relaciones sociales y del desarrollo de la autonomía. Los destinos individuales nos enseñan a reconocer, que los jóvenes afectados, desde su temprana infancia pueden portar algo en su bagaje. Tal vez han sufrido trastornos en su maduración cerebral en la época prenatal, durante el parto y en las tempranas fases evolutivas; tal vez, tengan limitaciones en sus posibilidades de percepción y de captación. Durante largos años han estado marcados dentro de modelos determinados de reacción y de posturas, habiendo desarrollado un temperamento determinado, tal vez se inclinen a depresiones, poseen tal vez una capacidad limitada de adaptación en la realidad social, pueden regular en menor medida que otros, sus afectos, reaccionan con mayor impulsividad, están traumatizados síquicamente o inestabilizados, a causa de circunstancias de la vida que afectan sus relaciones y su autoestima. Con el advenimiento de la época juvenil, estos jóvenes lesionados y lesionables entran en un nuevo campo energético. Esto a su vez ofrece oportunidades de solucionar antiguas dificultades de un modo nuevo y creativo. Pero, naturalmente nuestra preocupación es, que una anterior debilidad síquica, ahora quede en descubierto o que hasta pueda pueda ser de manera inconfundible el presagio de una posterior patología síquica. En las crisis de juventud por lo tanto confluyen las siguientes tendencias: -Riesgos evolutivos y características del temperamento, que datan de la infancia, por ejemplo, hiperactividad, trastornos autistas de contacto. -Problemas especificos de la edad juvenil, con un lenguaje de forma independiente, por ejemplo, abandonos, auto lesiones, fobias escolares, delgadez en varones y niñas, intentos de suicidio, trastornos de somatización. -Pre-etapas y primeras manifestaciones de trastornos síquicos y que continuaran mas adelante en la vida, por ejemplo, depresiones, trastornos obsesivos, síndrome de borderline y sicosis esquizofrenicas. En mi libro me he aventurado a describir a las “crisis de la juventud” no solamente como breves tormentas purificadoras, sino como frentes de mal tiempo, que pueden hacer su aparición ya en la época infantil y que a veces pueden conservarse mas tarde en la vida como “situaciones meteorológicas “ de magnitud. Es un dictado de sinceridad en el trato con los padres, que en comunión con ellos se luche por una debida comprensión de los problemas de sus hijos, lo que del mismo modo es parte del proceso terapéutico en los jóvenes, que a continuación les quiero describir mas definidamente. EL COMIENZO DE LATERAPIA Como se inicia una terapia para jóvenes?. En la mayoría de los casos, es la demanda de ayuda por parte de los padres y el requerimiento de los expertos para prestar asistencia al niño. A veces, intuimos, que es también el joven quien ansia ser ayudado y que sabe, que ya no puede avanzar por sus propios medios. Que ha pasado al comienzo de una terapia?: un joven o una joven que ya no ha logrado asistir a la escuela, o sostenerse parcialmente entre sus compañeras, participar del avance conjunto. En la escuela o en la casa, un joven ha entrado en rebelión abierta o encubierta, el roce con las personas cercanas ha producido una herida abierta y por ese motivo se ha retirado de los padres y de los compañeros. Los jóvenes ya no soportan a sus padres, pero, a su vez, no pueden desprenderse de ellos, se han enredado en conflictos, pierden el control sobre sus sentimientos y han entrado así en un colapso de su evolución. Esta descripción es esquiva y sin compromiso. A menudo, no estamos frente a síndromes circunscriptos o síntomas aislados. Vamos reconociendo los obstáculos en el desarrollo síquico y en la autorrealización. Estamos frente a una situación de amplia abertura, míseramente definida. Podemos decir, que la terapia ha sido un logro, cuando el desarrollo personal sé re-inicia. Pero, como describimos la puesta en marcha de una evolución y como definimos el colapso?. Algunos, se dan cuenta de un desarrollo interior, a pesar de que exteriormente aun no se nota cambio alguno y viceversa. A veces, la eliminación de obstáculos evolutivos se produce paralelamente con el re-inicio de la asistencia a la escuela, el re-establecimiento de las amistades, la superación de miedos y obsesiones, la menor frecuencia de estallidos de ira. Pero, cuantas fuerzas curativas interiores ha movilizado un paciente realmente en oportunidad de la mera desaparición de sus síntomas?. Seria significativo, poder medir, en que medida el joven ha podido recabar fuerzas interiores, mediante las cuales ha podido vencer su estancamiento interior. El inicio de la terapia es determinado por el miedo del joven, de que en el curso del trabajo terapéutico podría ser confrontado con contradicciones interiores insoportables y la bronca acerca de que los padres exigen la terapia, y si fuese necesario, a la fuerza. Primariamente, es contra esa amenaza, que los jóvenes se oponen: algunos, van tan lejos de negarles la obediencia a los padres – “en realidad”, un procedimiento bastante normal en la juventud, que tiene que ver con posición y auto determinación. Un terapeuta, que tiene la intención de vigorizar el comportamiento razonable de sus pacientes, “en realidad” debería respetar ese comportamiento. Podemos hablar de un caso afortunado, cuando a pesar de ese bastidor intimidatorio, se pone en marcha una sicoterapia y el joven no permanece sujeto a la impresión, de que se ha doblegado a la voluntad de sus padres, con ausencia de su voluntad propia. Tales sometimientos constituyen una hipoteca inicial masiva y a menudo no pueden ser superados durante toda la terapia. ¿Cómo puede ser, que así y todo, los terapeutas y los jóvenes llegan finalmente a un acuerdo?. Es una pregunta difícil de contestar. No se trata de técnicas determinadas ni de truco alguno, sino más bien de sucesos curiosos y de casualidades, entendimientos incidentales, un apretón de manos, o un intercambio de mirada, una sorprendente acotación del paciente, que más tarde recordamos, o, una aseveración nuestra, que –oh milagro- no es refutada por el paciente. LA GENERACIÓN DEL PROCESO SICOTERAPÉUTICO A PARTIR DE LA ACTUALIDAD La sicoterapia de jóvenes puede ser dominada durante largos periodos de tiempo mediante acontecimientos actuales en la vida real. Ningún terapeuta tiene la posibilidad ni la ambición de entrometerse en las concretas circunstancias de vida de sus pacientes. En lugar de ello, el proceso terapéutico tiene como meta, colocar las dificultades actuales en referencia para con el pasado y atinar una perspectiva hacia el futuro. Si queremos avanzar rápidamente con una amplia comprensión de la patología, tenemos que decidirnos a ir al encuentro con los padres. Casi siempre, los padres celebran mucho ese acercamiento. El hijo, el adolescente, ¡no lo celebra en la misma medida!. Ponemos en peligro nuestra alianza terapeutica, sensible y trabajosamente lograda. Es por ello, que hay terapeutas que se conforman con aquello, que pueden recibir del paciente. Lo que obtiene, procede prevalecientemente del aquí y del ahora, de expresiones parcas o rezongonas, de cansadoras exposiciones de pequeñas preocupaciones cotidianas. En el caso de pacientes especialmente manipulativos, el terapeuta adicionalmente tendrá que dejarse deslumbrar por tormentas relámpago dentro de los cuales se sumergen escenarios complementarios. En las consultas hay un desborde de acontecimientos actuales y sucesos cotidianos. No queda espacio para la reflexión, la mirada retrospectiva o la previsión El terapeuta se encuentra frente a una sofocante secuencia de instantes vividos y de excitaciones, quejas acerca de aburrimientos insoportables, disgustos y vacíos, sin poder referirse a las excitaciones que intuye en el trasfondo. Las horas estelares las experimenta con mayor frecuencia en la supervisión, no así con sus pacientes. Así pasa el tiempo de la terapia concedida, y nada sucede. Todo lo que pasa es superficial, nada esta interiormente determinado. Cuando el terapeuta intenta estructurar el curso del tratamiento con tareas para el hogar y tramitaciones, los pacientes se muestran esquivos. Solamente los pacientes con anorexia tratan de cumplir todo lo que el terapeuta le indica. Pero, eso tampoco es del agrado del terapeuta. Los intentos del terapeuta de abarcar la vida de los jóvenes desde una distancia mayor, no dejan de ser artificiales y patéticos. Falsos tonos hacen su aparición, el saberlo mejor, los reproches. Al final, el paciente se repliega frente al tamaño del emprendimiento. Y lo mismo le sucede al terapeuta. Corresponde a los acontecimientos más fascinantes de la sicoterapia de jóvenes, cuando estos, a pesar de su permanencia en la actualidad, en algún momento comienzan a vivenciarse como personas insertas en la historia, supeditadas a un desarrollo. Casi siempre lo logran con la ayuda de tantear pequeños recuerdos y con la comparación del antes con el hoy. Las cosas comparadas, son pequeñas y banales en un comienzo. Sobre todo, los jóvenes de mayor edad comienzan a recordar, por lo menos aquello, que han vivenciado en los últimos años; no de inmediato se refieren a las cosas de la temprana infancia. Pero, comienzan a comprender su vida como proceso. EL PROCESO TERAPÉUTICO EN LA LABOR PEDAGÓGICA COTIDIANA La situación terapeutica se encuentra claramente extraída de lo cotidiano a causa de su especial puesta en escena, su ubicación, y su marco temporáneo. Así y todo, los terapeutas de jóvenes aceptan, que la vida cotidiana caiga dentro de la terapia. Los jóvenes quieren sus terapeutas asuman una postura frente a las vivencias que han tenido en la vida cotidiana. Todo se remite a que tenemos que reaccionar de una determinada manera, para que no seamos considerados desde un comienzo como ajenos al mundo y alejados de aquello que importa. De que nos sirve, ser representantes de elevadas consagraciones, poseer superioridad de conocimientos, cuando todo depende de que estemos allí presentes como personas, conformando un ser claramente reconocible, que se encuentra frente a mí. Somos agudamente evaluados por los jóvenes. También la instalación de nuestro consultorio, la circunstancia de nuestra vida privada. En todo caso, hora y de inmediato, el terapeuta tendrá que protestar, en el caso de que la curiosidad de los pacientes les parezca excesiva, pero no puede declarar desde un comienzo, el tabú con respecto a su persona. Hay buenas razones, también explicables, por las cuales muchas cosas, y hasta se podría decir la mayoría, no son de incumbencia del joven Porque no hablar de aquello que nos da alegría en lo cotidiano, o tal vez disgusto, porque no hablar del hecho de que conocemos los sentimientos del amor y de la tristeza. Todo ello es posible, sin entregar nuestra propia biografía. Podemos brindar una proximidad como persona, sin manejarnos constantemente con detalles personales, o hacer entrega de nosotros mismos. Por ser imposible establecer reglas estrictas acerca de estas cuestiones técnicas, como terapeutas tenemos que estar preparados para confrontarnos con provocaciones diversas. Tenemos que estar preparados para elevar limites nuevos, en lugares, donde no estaban previstos con anterioridad. La hora de terapia con los jóvenes jamas puede ser tomada como reunión intocable de entrada. Las reglas necesarias, dado el caso, tendrán que ser vigorizadas, o hasta nuevamente tratadas, en medio de la hora de terapia. Estos aspectos nos muestran por lo tanto, que en la sicoterapia con jóvenes no podemos realizar una clara diferenciación entre la pedagogía y la sicoterapia. El tratamiento lo puede llevar a cabo solamente aquel, que se ofrece concretamente como ser ubicado frente al otro, que puede servir como ejemplo, como alguien, que posee un carácter propio para manejarse con preguntas y desafíos, que como persona garantiza un modo determinado de visión y de procedimiento. Una manera de obrar que practica la moderación y ocasionales interpretaciones no es suficiente. Deberán agregarse las explicaciones personales y opiniones personales. Las reflexiones una y otra vez tendrán que ser fortalecidas e ilustradas mediante propuestas concretas de procedimiento RIESGO, SERIEDAD Y JUEGO EN EL PROCESO TERAPÉUTICO Lo que en la terapia de los jóvenes a veces hace recordar al juego infantil, son, sobre todo, los espacios libres de la configuración. No se trata de moverse con los jóvenes constantemente sobre realidades complementarias. Cuando un joven en su terapia trata de ablandar ampliamente a la realidad, siempre amenaza el peligro. Experimentamos por ejemplo, que estamos siendo amenazados abiertamente por nuestro paciente, o, que estos implementan frente a nosotros, una realidad muy amenazante, medio en juego, medio en serio. Hacemos bien, en tratar un juego “cruel” de tal índole, como amenaza real. Recuerdo una situación, cuando un joven paciente llego a la terapia con un bolso, que mantuvo sobre su regazo con un significativo gesto. Insinuó, que allí podría tener un arma filosa. Ese joven quiso violar una situación terapeutica, dejando de lado toda protección. En ese espacio, ya no podía yo, actuar terapéuticamente exento de peligro. Simulaba, como si estuviese jugando conmigo. Fue una decisión espontánea de no aceptar ese jugo como juego. El joven me estaba amenazando realmente. Estaba aguardando una reacción. Y no he demorado en brindársela. En tales situaciones limite aun seguimos estando dentro del ámbito de aplicación de una sicoterapia, habiendo empero llegado una vez a una realidad, como no podría ser mas real y peligrosa. Jóvenes que provocan una situación así, aguardan una prohibición inequívoca. Al mismo tiempo aguardan que el terapeuta –a diferencia de ellos mismos- se “muera de miedo”, sino que conserve su capacidad de acción, demostrándolo a su vez. Mas allá de tales peligros, el conocimiento de la terapia del juego puede ser provechoso en la improvisación, cuando están fracasando todos los intentos de llegar a una meta con el paciente. Muy pocos jóvenes llegan con una idea clara acerca de lo que le esta sucediendo, o, acerca de lo cual quisiera hablar. Al implementarse los típicos escenarios complementarios, el terapeuta de los juegos se halla en su elemento. Naturalmente, que el terapeuta tendrá que tomar una decisión rápida, acerca de que si quiere aceptar una propuesta del paciente, o que otra cosa quiere emprender. El terapeuta tendrá que ir buscando un modo de proceder adecuado, y, si no quiere fracasar, por lo menos debería charlar con el joven acerca de la desdichada situación, en la cual se están encontrando ambos. A veces, los objetos traídos se ofrecen como mediadores. También los paseos, los juegos de competencia, los juegos de mesa (ajedrez) pueden brindar un aporte valioso además de la pintura. De estas iniciativas a modo de juego, en algún momento resultaras rituales, ritmos, reglas, para otros encuentros terapéuticos. Pueden surgir replicas criticas o hasta puntos de cuestionamiento. De esta forma se ha compartido una vivencia, sobre la cual se puede charlar. CAMBIO EN LA EXPERIENCIA DEL TIEMPO Y DEL CUERPO EN LOS JÓVENES DURANTE EL PROCESO TERAPÉUTICO Los jóvenes son muy difíciles de fundamentar y de definir con sus estados síquicos. Esto se debe a la brevedad de las manifestaciones síquicas y el cambio de la vivencia temporal. Toda dicha, cada desdicha se experimenta con elevada intensidad a partir del instante y no es comparable con instantes experimentados con anterioridad, sino que es fijada en el presente. Ese modo de vivir el tiempo posibilita a los jóvenes, a sentirse libres por instantes. Los adultos parten de la sensación, de que una desgracia posee una mayor duración y no desaparece repentinamente. Visto de esa manera, los jóvenes parecen inconstantes y atolondrados. También las crisis depresivas y los estados de desesperación, parecen nutrir su dramaticidad de breves momentos de gravedad. A pesar de esto, un impulso de desesperación puede quedar en el olvido al poco tiempo. Una elevada tensión momentánea, de pronto puede derrumbarse. Tenemos que calificarla como teatro histérico?. De hecho aquí se lleva a cabo un teatro. Esa ejecución teatral nos parece ser una forma de defensa, una posibilidad de distanciarnos de las cargas de nuestra propia vida: yo no estoy, soy otro, que esta vivenciando esto. Esa manera de vivencia disociativa debe ser considerada como típica para la juventud y es, en sus diluciones, también una forma normal de la superación de las vivencias. Deberá ser valorada como un logro creativo. Cuando con respecto a los jóvenes hablamos de puestas en escena histéricas o de disociación, no estamos excluyendo, de que la puesta en escena de tales “crisis” ha sido la respuesta salvadora en el momento apropiado. Todo aquel que trabaja con jóvenes, conoce a tales juegos de enredo puestas en escena. Estos mismos jóvenes, en un instante pueden idealizar a sus terapeutas –al próximo instante pueden llevarlos al combate en contra de sus padres y al instante que sigue, confiarles algo importante, o intimo. Los terapeutas de jóvenes deberían cuidarse de deducir que estos pacientes se encuentran especialmente alterados en profundidad, puesto que su comportamiento ostenta estas crasas contradicciones. Un motivo importante de los jóvenes para la vivencia teatral y exagerada de sus crisis, es la carencia de experiencia de vida. Simplemente, no saben lo suficiente con respecto a la vida, acerca de las imaginables cosas y eventualidades de la vida. El sentido y la constancia de la vida deberán ser recién experimentados – pasando por crisis – a lo largo de la vida. La carencia de base, tal vez, hasta la duda acerca de la desesperación propia, es manifestada por el joven, a través de un comportamiento despectivo. Queda para nosotros, los terapeutas, apreciar los motivos de la desesperación y averiguar su origen con seriedad. Una y otra vez nos hallamos frente a la dificultad – y la observamos sorprendidos- de partir y dejar todo atrás, de hacer las cosas de diferente manera como hasta entonces, de no dejarse sujetar, de desenmascarar algo presumiblemente propio, como algo ajeno, dejándolo de lado. Por un lado, en el joven aun tenemos que implementar el juego, por el otro lado, ya tenemos que apostar al discurso verbal, a su vez que lamentamos sus carencias y finalmente buscar un tercer camino, una posibilidad de acceso que considero invalorable, no-renunciable: la vivencia corporal y la contemplación de las cualidades del cuerpo, incluyendo a la sospecha vinculada a ello, de que al cuerpo algo malo le puede pasar. El cuerpo vivenciado, a la edad juvenil acopia todos los temores con respecto al futuro, todas las fantasías sexuales, toda la identidad inconclusa, también las ataduras profundas, no superadas, a la persona de referencia primaria. Representa, una profunda inseguridad propia y dudas con respecto a los sentimientos propios en el sentido de su control, además de la capacidad de refrenar fuerzas emocionales destructivas. Técnicas, que contribuyen a colocar al cuerpo en un punto central de una comunicación entre nosotros y el joven, tanto en lo verbal como en lo no verbal, son de un valor incalculable. TERAPIA, COMO PROCESO EMANCIPADOR – DESPRENDIMIENTO, SEPARACIÓN, INDIVIDUALIZACION En que dirección debe transcurrir el proceso terapéutico en las crisis de los jóvenes, para que no perdamos la orientación en el suceso terapéutico, a menudo solo superficial, acelerado y cambiante. Al respecto, pensemos por un lado, en la apropiación del cuerpo, del que recién hemos estado hablando. Blos denomina la adolescencia, “la segunda fase de la individuación”. Ericson habla de la misión a cumplir, con respecto a alcanzar una autentica intimidad dentro del espacio de protección de la adolescencia, en el cual no se asume una responsabilidad plena. Toda sicoterapia con jóvenes trata constantemente de su emancipación. En muchas horas de terapia no se esta hablando de otra cosa. A ello corresponde así mismo el deseo y la capacidad de adherirse a una cultura juvenil y declarar conjuntamente con otros de la misma edad, programaticamente, de que manera se quiere vivir; lo que se considera correcto o equivocado, lo que no se debe aceptar, y donde uno se quiere diferenciar de los padres. El esfuerzo por emancipación debe ser atendido hasta dentro de la desesperación mas profunda y la angustia síquica. Toda sicoterapia de los jóvenes se coloca al servicio de la emancipación y es bueno que así sea. La emancipación no puede ser lograda de entrada. Una meta emancipadora se habrá alcanzado, cuando el joven comprenda, de que no él, o los padres tienen problemas, sino ambos, y no por sí solos, sino en conjunto. Una etapa se habrá logrado, cuando la madre o el padre inicien un tratamiento sicologico propio, cuando el joven comprende, que la sicoterapia no es el alargue del brazo de la educación de los padres, cuando comprende, de que no es tomado como enfermo por el terapeuta, quedando así y todo conforme con el hecho de que el terapeuta le ayuda en la superación de sus dificultades. La victoria de una etapa se habrá logrado, cuando el paciente tolera, que el terapeuta se orienta hacia los padres y ya no tiene miedo de ser traicionado a abandonado. El paciente tiene que sobreponerse al traspaso de los padres al terapeuta, vale decir, tiene que dejar de pensar que el terapeuta se comporta de igual manera como uno de sus padres. El joven y el terapeuta tienen que hallar un encuentro dentro de un trabajo mancomunado, mas allá de una toma de partido y de ergotismo. Se trata de progresos lentos y cuidadosos: el sentimiento acerca de las posibilidades de desarrollo propio, una mejor y mayor sensibilidad con respecto al cuerpo, sus posibilidades y sus riesgos. El paciente tal vez pueda comenzar a realizar pequeñas decisiones propias, sin entrar en pánico al respecto y sin desairar a los padres. LA SITUACIÓN SOCIAL DE UN JOVEN PACIENTE COMO MANCHA CIEGA EN LA TERAPIA En toda sicoterapia existen dominios, frente a los cuales somos ciegos. Se nos ofrecen únicamente partes de las funciones anímicas. Vemos por ejemplo, un niño, altamente desarrollado en lo lingüístico, que reflexiona acerca de sí mismo, que en la terapia sostiene un discurso cortes y reflexivo con nosotros y dejamos de ver, que ese mismo niño se debate indefenso en otras situaciones, se atasca, no puede confrontarse con los padres y también es dejado de lado por sus compañeros. Vemos por ejemplo un niño triste desesperado y temeroso, que aparentemente no puede tomar decisiones propias, y dejamos de ver, que entre los de su propia edad no muestra ninguna de sus debilidades, manteniendo buenas amistades, se maneja en la calle y así puede desprenderse de una buena parte de sus miedos. Común a los casos mencionados, es la mancha ciega, que cubre el comportamiento social de estos pacientes, fuera de la hora de la terapia. A la terapia individual le faltan puntos de referencia y puntos de vinculación hacia la conducta de los niños fuera de la terapia. Por supuesto, que los jóvenes parten del hecho que no nos incumbe la configuración de su vida social, se mantienen “cerrados” frente a los adultos y conservan conformidad con el grupo de la misma edad. La vida social entre los de la misma edad conforma una parte importante de la autonomía. Una alteración del contacto puede constituirse en un problema central de la prosecución de la maduración. Y es justamente ese problema, el que no podemos tratar con efectividad en la sicoterapia. Es, como si el joven paciente quisiera decirnos: “Usted, de todos modos no entiende nada de esto, en esas situaciones yo dependo enteramente de mí mismo. Si yo mismo no logro arraigarme allí, todo esfuerzo por parte de terceros es en vano”. El abismo existente entre la vida de los adultos y la generación juvenil, no disminuye mediante la sicoterapia. Algunos jóvenes nos engañan con respecto a ese abismo, mediante una gran capacidad lingüística y una alegría participativa casi infantil. No tenemos certeza de que esos pacientes comunicativos informan realmente acerca de su vida social, o si se refieren solamente a ilusiones e ideales acerca de una vida tal. En todos los jóvenes nos llama la atención, de que seleccionan y filtran sus comunicaciones. Recién, cuando somos testigos de alguna charla de los jóvenes entre sí, nos damos cuenta de este hecho. El corte de lo referido, es más amplio y más diferenciado. Esa reserva no tiene nada que ver con confianza o con desconfianza, con simpatía o antipatía, sino, que esta fundamentada en la naturaleza de las relaciones entre las generaciones. Los adultos perciben con mucho menor intensidad que los jóvenes, lo que separa a las generaciones, y menos aun, en la época actual, en la cual la juventud muestra, mas bien, lo que une, lo que comunica y no, lo que separa, y no se vanagloria con el hecho, de que naturalmente posee un dominio privado. Los terapeutas, que preponderantemente trabajan con la terapia individual, deberían considerar las posibilidades de la terapia grupal. En tales grupos, podemos experimentar con vivencia propia y comprender el comportamiento comunicativo de nuestros pacientes. Podemos tomar conciencia y llevar a la conciencia de los demás, cuan diferenciadamente se comportan, se manifiestan y se comunican los jóvenes en tales relaciones sociales. INTERRUPCION, O FIN DE LA TERAPIA Es casi una regla, de que las terapias ambulantes con pacientes adolescentes no llegan a su final previsto, sino, que se interrumpen, a menudo, sin motivo aparente. Consolador seria, si la interrupción seria tan solo un resultado intermedio, y si la terapia pudiese ser continuada para lograr un resultado posterior. Si conservamos la modestia, podemos estar satisfechos, de que la evolución de alguna forma ha tomado impulso nuevamente. Naturalmente, la terapia no es automáticamente un fracaso, solo porque el terapeuta al final ha perdido la ley de la acción, o, porque al final de la acción el paciente le ha arrebatado la ley del obrar. En tanto que el joven a trabes de esa maniobra hubiese logrado proporcionarse nuevos espacios para el avance de su desarrollo, por cierto que las terapias no han sido un fracaso. Con miras a la mencionada meta de la emancipación, diversas de esas interrupciones llevadas a la escena ruidosamente, pueden ser celebradas como éxito. El joven se esta resguardando de entrar en una nueva dependencia. Al respecto, por cierto que entonces tiene que sacrificar la terapia. Las interrupciones, son lugares de sutura de la terapia, donde los mismos pacientes comienzan a realizar algo, activamente. Al respecto, quieren experimentar las reacciones del terapeuta y recibir respuesta a una pregunta, que se formula escénicamente. Es una pena, que generalmente esa respuesta se degenera en el cese de la terapia por motivos técnicos, o, porque las obras sociales no participan. El final forzado de una relación terapeutica puede deberse a sí mismo al hecho de que el joven se vivencia sobreprotegido, “como empaquetado en algodón”, se siente confundido, irreal, y siente el deseo de recobrar la realidad, aunque duela. Los terapeutas de jóvenes conocen la experiencia, de que los jóvenes al haber comprendido algo decisivo en la terapia, no pueden manejarse inicialmente con esa experiencia en el seno mismo de la terapia, por lo cual realizan el cambio al plano del actuar, del obrar. Existen fases en los cuales se ven amenazados los finales, en las cuales solo se actúa y ya no se piensa. Hay otras fases, en donde se recupera la reflexión. Visto así, el tratamiento de jóvenes es siempre un suceso acompañado de crisis: las crisis estallan y necesitan ser superadas. Ese proceso se re-inicia reiteradas veces. Los jóvenes de la actualidad mas bien están dispuestos a supeditarse al deseo de los padres, en silencio. Tampoco en esta generación temerosa de la confrontación, no ha dejado de existir el impulso de emancipación. Llevan a cabo esa emancipación, mediante la negación en silencio y la emigración interior, o, se rodean de las estridentes imágenes y los incentivos sensuales de los medios. Al final de la terapia puede suceder, que los jóvenes se arrojan dentro de una pseudo salud, fingiendo, que todo esta en orden ahora. Y nos vemos en el compromiso, de tener que recordarles, que mal habían estado y que mal todavía están. Pero, acaso no estamos desenmascarando meramente nuestra propia dificultad de dejarlos ir?. Hasta que grado de salud puede conducir a los jóvenes pacientes en sus crisis?. En el caso ideal de una terapia juvenil, el terapeuta tendría que estar constantemente dispuesto a dejar partir al paciente en buenos términos y no en malos términos. Tendría que tener plena confianza en el, en el sentido que será capaz de realizar lo mejor. Al final de la terapia, tememos lo peor, y, quisiéramos, que suceda lo mejor y tenemos la esperanza de que a través de lo que hemos hecho, se ha producido un aporte salvador. La bruma envuelve el futuro de nuestros protegidos e impide la visión. Esta situación en el final de la terapia, se asemeja a aquello, que el escritor Thomas Mann hace sentir al lector por su figura central en el libro “Montana del Hechizo, Hans Castorp”: al comienzo de la novela esta inmerso en una juventud retrasada y en una crisis de maduracion, sufriendo alli, una perdida parcial de la realidad.Tambien en el final de esa larga novela de lento ritmo, sigue estando exento de preparación para la vida. Se conserva así, simple y desprevenido, y cuesta aceptar, que así y todo, al final abandona el sanatorio en Davos, para ir a la primera guerra mundial. En las ultimas paginas de la novela, nos vemos trasladados a una terrible escena, exenta de sentido en esa guerra. Nuestro héroe desaparece en la niebla, yendo hacia el vivir, o el morir, según como veamos esa realidad sin misericordia que ahora impera, portadora de la muerte o como oportunidad para la curación. Thomas Mann deja sin respuesta a esa pregunta. En términos generales, los jóvenes nos sorprenden, al extraer un cúmulo de creatividad de aquello que ha quedado interrumpido. De hecho, aun al cabo de tratamientos rotundamente fracasados de jóvenes, hay motivo para el optimismo. En varias oportunidades me he reencontrado con pacientes al cabo de a menudo 10 a 20 años y con asombro me he enterado de la evolución que han tenido en su vida. Mi impresión ha sido, de que esa vida posterior poco tenia que ver con aquello que había hecho yo y lo que había propuesto. Otras personas habían aparecido en su vida y habían ejercido una influencia importante. Luego empero, esos pacientes me contaron, que en momentos decisivos de su vida habían recordado la sicoterapia conmigo. Y eso, a su vez, no imagine que podría ser posible entonces. Pero así fue. REIMAR DU BOIS :Welche Berechtigung hat der Krisenbegriff im Jugendalter? Im Heft 28 Medizinisch-Paedagogisch Konferenz Februar2004 |