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Sexualidad y Misión Educativa - Parte 5 FUERZAS IMPULSORAS ANIMICAS, SU NATURALEZA POLAREl hombre encarnado muestra ser consistente de entidades, colocadas una dentro de la otra, entidades diferentes, cualitativamente diferenciales, posee empero, una entidad humana uniforme. Ante la diferenciación mencionada de manifestación física, procesos de la vida, sentimientos y la concepción del propio ser ¿Qué lugar ocupan las fuerzas impulsoras de la concepción freudeana, libido (placer) y thanatos (muerte/destrucción)? ¡Dónde tienen su asiento? Recordemos la despierta vida interior dentro de la auto-observacion, que traspone el alma, día tras día, nos encontramos con nuestra vida imaginativa, vale decir, todo aquello que ante el horizonte de la clara conciencia aparece, con respecto a imágenes de percepciones mas o menos elaboradas y recuerdos. Polarmente situado a ese tejido conceptual, dentro del alma tenemos al oscuro campo de la VOLUNTAD. Sin el contenido de los pensamientos, es experimentable únicamente como FUERZA, como efecto, que difícilmente puede ser definido con palabras. Posibilita empero la realización futura, lo que le falta a la voluntad, es el contenido imaginativo, es por ello, que fácilmente se retrae a la percepción. Como empero, así y todo, se apoyan a el concepciones, que pueden unirse a ella de modo determinante, puede conformarse en meta de un acto, en motivo, no empero como voluntad, llegando así a la conciencia, viceversa, la fuerza de la voluntad, puede promover una orientación definida dentro de la concepción: A través de ella se promueve todo el pensar consecuente. Ambos polos, la concepción, y la voluntad, pueden así mismo quedar sin su realización, permaneciendo retenidos dentro de sí mismos. Entonces, el contenido de la concepción y la fuerza de la voluntad se conforman en cada caso, en un GESTO VIVENCIABLE DEL ALMA, que se expresa en el sentimiento. La acción de la concepción se conforma en ANTIPATIA, en el gesto del suprimir/interrumpir, confrontar, rechazar, replegarse hacia algo; se conforma en SIMPATIA, en el gesto de abrirse, amalgarse, deslizarse, unificarse con algo. A partir de las contraposiciones de concepción y voluntad, se producen sentimientos polarmente opuestos. Al retrotraermo sobre mí mismo, hacia la antipatía fuertemente vivenciada, que en su extremo abarca al asco, esto significa al mismo tiempo un percibirme a mí mismo, vale decir, mi sentimiento se orientas hacia mí. Cuando ese sentimiento de antipatía luego actúa hacia fuera, sin experimentar la purificación de un reconocimiento más sutil, se conforma en odio. Cuando ese odio se apodera de la voluntad, promueve como impulso del sentir, a agresión, y la destrucción. Cuando empero con la simpatía a modo de flujo entro en algo, o en alguien, el contenido del sentimiento se hunde dentro del Todo. Uno dentro de lo amparado y se amalgama y lo remanente, es siempre, un estado anímico de dicha. Desaparece en cambio la claridad de conciencia y se torna opaca. En la entrega amorosa-activa, que es el polo opuesto de toda destrucción, puede nacer lo insospechado, lo nuevo. La creación acontece siempre acompañada por AMOR. La vida del sentir, la interioridad propiamente dicha, por lo tanto esta constituida por dos fuerzas impulsoras, la antipatía, y la simpatía, que en cambio constante de la retracción hacia adentro y la entrega amplificadora hacia fuera la sístole y la diástole, la inspiración y la espiración, se manifiestan como constante presencia del alma misma. Si hubiese cuerpo y vida únicamente, como en el caso de la planta, el destino del hombre seria ausencia de deseos y de impulsos/instintos. Con el primer respiro empero, al cuerpo viviente del niño entra su ALMA portando esas dos fuerzas bases y sustancias, que se encarnan en el cuerpo como alma-espiritu. A pesar de esa encarnación del alma, la presencia de sus fuerzas es cambiante: durante el sueño son exhaladas ciertamente con simpatía al universo, durante la vigilia se centralizan, brindando conciencia, siendo, que son tapadas/cubiertas por las percepciones y concepciones, mucho más claras. Al respecto, la antipatía se relaciona en medida mucho mayor con el reconocimiento consciente, sobretodo, con el despierto accionar de la concepción, la simpatía en cambio, con el oscuro querer, que “en su oscuro impulso, por cierto que puede TENER CONCIENCIA del correcto camino”.
En la alteración del estar despierto y del estar dormido, de antipatía y simpatía existencial, el yo crea la continuidad, vale decir, que dentro de todo ese cambio, en distancia y en entrega, mantiene en pie la vivencia de la identidad propia. Como la simpatía y la antipatía como fuerzas anímicas son entidades independientes, pero “abiertas” hacia lo mas intimo del ser del hombre, vale decir, que en el mejor de los casos se constituyen en sus siervos mas abnegados, naturalmente penetran también a los procesos vitales del cuerpo, y por lo tanto, son influenciados y determinados por el, por hallarse arraigados en el mismo.
La encarnación, vale decir, alumbramiento, significa, que las fuerzas anímicas “toman asiento” dentro del cuerpo en cuya creación han colaborado, razón por la cual están relacionados con el mismo y pueden ser referidos a partir de el. Es así, que el cuerpo muestra su mayor perfección en el momento del nacimiento en lo que a los sentidos respecta y también en parte del sistema nervioso, y donde alcanza su “madurez” en primer termino. Maduro, por ser accesible a la conciencia, generando imágenes maduras, no empero obras perfectas en el mundo real; esa, es actividad del sistema nervioso. Cargado de futuro, mas bien disposición y no aun instrumento terminado, ese, es el sistema de los miembros; conforma el germen constante dentro de la dispar maduración del cuerpo, por el hecho, de que de el surge todo proceso evolutivo, todos los actos, mientras dura la vida física. Recién en la época de la mayoría de edad, y después, la musculatura alcanza su madurez y su punto culminante del desarrollo de las fuerzas. El sistema nervioso con su maduración temprana, tempranamente puede dar lugar a la concepción, aunque, por supuesto, sigue desarrollándose. Pero, el cerebro. Y el sistema nervioso no tienen nada que ver con el reconocimiento mismo, sino únicamente con la expresión del reconocer dentro del organismo físico”. (G A 293).
Las fuerzas CONFIGURADORAS, son las animico-espirituales, dado, que materia sigue siendo materia, ya sea amorfa o cristalina, no-organica. Es así, que toda configuracion madura señala hacia atrás, hacia el precedente actuar espiritual. El gesto reconocedor se denomina configurar, tomar conciencia, se vincula con la antipatía, que también esta señalado lo pasado. La FUERZA de la concepción (y no los CONTENIDOS de las imágenes) señala hacia atrás de una manera tal, que hasta abarca la existencia espiritual-prenatal.
Esa idea, presupone una pre-existencia para el espíritu del hombre, considerada en todo su alcance, la reencarnación. (La idea de la reencarnación cuenta con una existencia esencial antes del nacimiento; ver al respecto: Alan Haward “Sexualidad a la luz de reencarnación y libertad”). “La acción de la concepción es imagen de todas las vivencias que han sido experimentadas antes del nacimiento, o bien, antes de la concepción física del cuerpo. Y de la misma manera como las imágenes, espejo en el espacio, su vida entre la muerte y un nuevo nacimiento se refleja en la vida actual, y ese efecto-espejo es la concepción”. (G A 293). Lo opuesto ocurre en el caso de la voluntad: es liberada hacia una meta desde la corporeidad en la actividad humana; sigue viviendo, orientada hacia futuros imprevisibles, dentro de los efectos que genera. Toda obra, cada acto, origina consecuencias, que en el momento de su generación no pueden ser abarcados en toda su magnitud. Es así, que poseen siempre algo tendiente a la evolución. Se trata siempre de comienzos, gérmenes, (iniciativa significa: colocar gérmenes, comienzos). También en lo que a lo humano respecta, cobra validez de que comparado con maduras ejecuciones conceptuales (por ejemplo: en las ciencias) y actos de destrucción (en las guerras), los actos de amor aparecen primeramente delicados, a modo de un germen. Su realidad plena, su existencia madura, es alcanzada por la voluntad recién en el futuro, cuando todos los efectos de nuestro actuar están plenamente desarrollados en la voluntad. Es por eso, que tardíamente, tal vez, demasiado tarde, se torna visible el efecto de todo quehacer del hombre en la naturaleza, y esa visión se conforma de inmediato en renovado llamado a la acción, en impulso moral. “El querer dentro de nosotros, porque con el tenemos simpatía, porque ese germen que encuentra su desarrollo recién después de la muerte, tenemos simpatía. (G A 293). La voluntad se torna contemplable en el movimiento de los miembros, allí, se “expresa”. Físicamente esta arraigada en el sistema muscular y en la sangre que colma de musculatura, polo de generación y germinacion constante del hombre. Ese es el lugar de la encarnación de su voluntad. Aquello, que dentro del hombre se encuentra en constante búsqueda de placer, satisfacción, fusión, amparo, es una fuerza anímica fundamental, que, cuando se apodera del cuerpo, parece tener dependencia física; al permanecer en lo interior aparece como simpatía y cuando es elevada a la autodeterminación, promueve hechos desprendidos de moral, en libertad. Alcanza su plena realidad recién en el futuro, por el hecho, de que toda acción es tan solo una parte en la cadena conjunta de todos los actos. La suma de todos los actos en los cuales ha estado presente se torna contemplable recién, cuando la fuerza promotora se libera de la limitación del cuerpo: después de la muerte. Recien entonces se torna posible realizar la suma de todo lo constructivo. El niño pequeño se destaca por su orientación abierta y plena de simpatía as su medio circundante y las personas de su entorno, incondicional: Por sus sentidos esta plenamente abierto hacia el mundo que lo rodea y se entrega al mismo, sin desconfianza. Esta embargado de esperanza, y de futuro, casi desbordante, y por lo tanto, tan necesitado de amparo. Dado, que del entorno no solamente le llega bendición, sino también lo otro: ¿Acaso, los sentidos no reflejan también decepción (maja)?. Eso otro, que actúa dentro del proceso sensorio, en la retrovision, o, mas exactamente, en la reflexión, configura al cuerpo sobre todo en la maduración del sistema nervioso. Así, se forman conexiones nerviosas (sinapsen) y las envolturas-myelin de los nervios con, y en los procesos nerviosos y recién por ese hecho, pero, ciertamente en la desilusion, la vivencia se retorna a sí mismo y despierta hacia sí mismo, refleja al espíritu, la conciencia, obteniendo de esa manera distancia de la circunstancia dada. Recién a partir de la reflexión, la distancia y del confrontarse puede surgir el intento de abrirse paso al mundo de una manera nueva, de penetrar a el modo mas profundo. En ese expandirse y reflexionarse, el hombre se realiza a sí mismo, se configura: espiritualmente y anímicamente, de modo tal, que su ser más profundo puede tomar decisiones en el acto. En un comienzo empero, las “vivencias de retroceso”, vale decir, los actos de toma de conciencia del niño, se manifiestan en los movimientos del niño: los no definidos se conforman en definidos. Cuando ese proceso se lleva a cabo sin el amparo de la amorosa dedicación anímica, el niño, dentro de su temerosidad se crea un ámbito de protección propia: se orienta hacia sí mismo, se aferra a sí mismo. Esto sucede en el caso de deprivacion social (hospitalismo), donde, a causa de descuido pueden ser observados actos de estereotipia, orientados hacia el cuerpo propio. En el caso del adulto se trata de dominar al medio circundante experimentado como temible, destruyéndolo, o amedrentándolo. De antipatía surge destrucción. La fuerza destructiva, que según Freud proviene del impulso de la muerte (Thantos), que daña a otros, que se mantiene como tal, que promueve al hombre a destruir objetos, apropiarse de bienes, ejercer dominio, oprimir, conforma por lo tanto, aquella fuerza-basica, anímica, polar con respecto a la simpatía: la antipatía, que se presenta en diversas cualidades. Al ser elevada al plano de lo espiritual, se coloca al servicio de la concepción y de la cognición. Al ser colocada al servicio de lo corporal, vale decir, del instinto, lo relaciona todo consigo mismo, se apropia de todo, hasta puede destruir, y ocasionalmente se torna necrofila. (E. Fromm): A partir de allí puede entenderse también “el odio mortífero de los sexos” (Nietzche), lo destructivo dentro de lo sexual. “Dado, que fuerzas de atracción y de deseo casi invencibles, tienen que transformarse en odio, cuando por los involucrados no son elaborados de manera personalizada, transpuesta del yo. Cuando una y otra vez nos dominan pasiones eroticas-sexuales a modo de ataque, amenazando por esclavizar a nuestra personalidad, podemos comenzar a odiar a aquel, quien parecería ser la causa de tal pasión dominante. En el comer, se lleva a cabo una inclinación egocéntrica (morder, masticar, digerir) del alimento. Desde allí, hay un paso tan solo para llegar al asesinato con motivación sexual. Personas que padecen carencia de contacto, que tienen problemas de desprenderse de sí mismo para entregarse a un Tu, humano, en autentico amor, esas personas están expuestas de sobremanera a los abismos de lo erotico-sexual, vale decir, los tormentos sexuales. El apareamiento de muchos animales se asemeja a una lucha, un duelo doloroso. Lo que allí se lleva a cabo en un estado excento de yo, puede irrumpir a modo de un oscuro acontecer en sueño en la espera del ser-humano; como revelación terrible de las fuerzas eroticas-sexuales que actúan en las profundidades. Todo mero codiciar es egocéntrico, y como tal, sujeto a desprecio y hasta destrucción. Codiciar a la pareja, reclamar exigir, apoderarse de la misma, se justifica, y no involucra peligro, en la medida en la que hacemos a su vez entrega de nosotros mismos. Entonces, el suceso erotico-sexual se conforma en unión dentro de un estado mas sublime. Otto. J. Hartmann, “Lo masculino y lo femenino”). Para llegar a un mayor entendimiento de este fenómeno, tenemos que clarificarnos la diferencia entre el deseo del alma y la avidez, la codicia, aquella fuerza que se radica entre el sentimiento y la voluntad. En el desear, lo anímico va en busca de lo atractivo-simpatico, para estar cerca, o para llevar a cabo la conjunción. Las dos fuerzas de lo anímico, conformadas por la excitabilidad y el deseo, son empero, simpatía, y antipatía. En el deseo, predomina la simpatía. “Como SIMPATIA tendremos que señalar la fuerza, con la cual una entidad anímica atrae a otra, para fusionarse con ella, haciendo valer su parentesco con la misma. Antipatía es en cambio la fuerza con la cual entidades anímicas se rechazan, se excluyen, con la cual afirmar su particularidad”. (G A 9). Cuando la codicia obtiene el predominio en el alma, la atracción que parte de un impulso anímico como lo emite la simpatía se ve eclipsada por la avidez, tomando la misma un carácter egoísta. La simpatía esta compenetrada por el gesto del afecto, siendo que todo lo demás es rechazado o, al menos, no tomado en cuenta. La codicia juega un rol egoísta en el ámbito anímico. Rechaza mucho, atrae lo buscado, como en simpatía. Aparece la avidez, insaciable, como si no pudiese llegar jamas a la satisfacción, por el hecho de que la antipatía imperante rechaza tanto de aquello que viene a su encuentro, de modo tal, que no puede producirse el contento. (G A 9). Justamente en el encuentro sexual experimentamos en menor medida lo anímico y en medida mayor el estado corporal propio, que es vivenciado en la avidez. “La consecuencia es, que los hombres que no buscan otra relación en lo anímico, verán, que la sexualidad pura, paulatinamente los separara del otro”. (W. Gadeke: “La cortina abierta”). La unión sexual como tal, es un gesto de simpatía... No es posible realizarla con brazos o piernas cruzadas. Ese gesto de apertura corporal, esta presente básicamente tanto en el hombre como en la mujer...” (ídem). La separación entre los hombres ya en la unión sexual esta dispuesta por la avidez, a no ser que mediante la relación anímica es creada otra calidad de un nuevo apoyo. Como entidad anímica, la antipatía procede de una dimensión temporaria muy diferente: el pasado. En nuestra reflexión, las fuerzas anímicas fundamentales, se consideran no-provenientes del cuerpo; cuerpo también poseen las plantas, sino inversamente: Son las fuerzas anímicas, las que toman al cuerpo como espacio interior, como instrumento del espíritu imperecedero. Desde el comienzo del desarrollo embrional, el cuerpo es creado conjuntamente con lo espiritual, anímico: mediante los sentidos y el cerebro recibe el órgano, a través del cual puede accionar dentro de la antipatía y tomar conciencia de la misma; del mismo modo tenemos en los miembros el polo energético y del movimiento, que conduce a actividades, con las cuales el alma quiere relacionarse en la simpatía. De esta manera, finalmente el alma se constituye (yo) ya que es él, quien como único puede proporcionar identidad y durabilidad en todos los cambios en las impresiones y los movimientos. Al mismo tiempo, así supedita al alma a un orden superior; promueve cognición, conserva memoria, y permanece en concordancia consigo mismo. (W. Buhler “El cuerpo como instrumento del alma”). Por cierto, que la relación de cuerpo y alma y de alma a espíritu no esta fijada estáticamente, sino se trata de una relación evolutiva. En el momento de nacer, el cuerpo ni siquiera posee la maduración suficiente como para poder sobrevivir por si mismo, y menos aun lo son las funciones del alma, y de modo alguno, el espíritu consciente de sí mismo. Queda en evidencia así, que la sexualidad humana es parte de un contexto más amplio y que solo desde allí puede ser coordenado objetivamente.
11.02.2002.
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