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Sexualidad y Misión Educativa - Parte 6

“NACIMIENTOS” Y TRANSFORMACION CORPORAL.

Como la relación de los factores efectivos del cuerpo, del alma y del yo, recíprocos, experimentan cambios a lo largo de la biografía, y es ese cambio que recién puede tornar comprensible realmente el desarrollo infantil y humano, pasaremos nuevamente a echar una mirada al recién nacido. En él, no se observa casi ninguna organización con maduración plena y capacidad funcional: ya sea en la digestión, o en los miembros, ya sea en el cerebro o en el sistema circulatorio, es menester el desarrollo adicional. Madurez ostenta tan solo una parte de los órganos sensorios. Pero ya aquello que es transmitido por el proceso sensorio, no puede ser elaborado de modo inmediato, es menester en cambio, un proceso de maduración que va plasmado y “terminado” aquellos “órganos de elaboración” existentes en la predisposición. Aunque el sistema nervioso central se encuentra ampliamente “terminado” en su cantidad de células nerviosas en el momento del parto, no lo es en lo que a su estructura interior se refiere. En muchas de sus partidas aun esta excento de forma, tanto, en lo que a las circunstancias y surcos, como así también a la red interior entre las células cerebrales. Esa delicada arquitectura tiene que ser implementada aun. Y esto sucede esencialmente, dentro de una intima relación reciproca con el medio circundante, a través, de los sentidos. Ya desde las primeras semanas de la vida, el cerebro se diferencia por las percepciones sensorias. Se trata de un proceso interior-fisico de crecimiento y de configuración, mediante el cual, lo anímico, que en un comienzo aparece tan solo esporádicamente, se apodera DURADERAMENTE en medida cada vez mayor, de la propia corporeidad. La FACULTAD DE IMITACION ocupa un lugar decisivo al respecto, o sea, se trata de una cualidad espiritual que interviene en configuración de la plástica orgánica. Mediante la imitación, lo anímico puede intervenir de una manera mucho más “intencional, objetiva y puntual” en la corporeidad y su configuración, arraigarse en la misma y servirse de ella. Lo anímico, vale decir, esas vigorosas fuerzas de la simpatía y la antipatía, inicialmente esta adherido por completo a los diferentes distritos sensorios de la superficie corporal, para experimentar luego una “profundización” en la dirección al cuerpo, liberándose por otra parte del mismo para constituirse en disposición de facultad. Es así, que por ejemplo, en el curso del tercer año, se alcanza un primer grado de “madurez cerebral”, y de ninguna manera es él ultimo, en el cual el niño (y eso se puede observar exteriormente) comienza a realizar las primeras reflexiones; vale decir, el niño “piensa”, aunque, inicialmente de un modo totalmente diferente, afecto a las imágenes, con saturación concreta de lo sensorio, a como lo hace el adulto con su lógica intelectual.

 

 

Con anterioridad, en el sistema nervioso ya maduran los “centros motrices”, que en medida cada vez mayor, permiten los movimientos con orientación definida. Es así, que un recién nacido en un primer momento no puede llevar a cabo movimientos intencionales, definidos y coordinados (con excepción de algunos reflejos, sobretodo el reflejo de la succión). En el curso del primer año de vida, el ser del movimiento ya alcanza una madurez tal, que pueden ser movidos intencionalmente, primero la mirada, luego las manos, los brazos y luego, con la erección y los primeros pasos, también las piernas.

 

 

De la misma manera “descendente” de desarrollo, de la cabeza hacia los pies, que, pasando de los ojos a los brazos y llegando a los pies, de modo creciente FACULTA al hombre (maduración) para lo anímico intencionalmente puede posesionarse del cuerpo, parecen estar dispuestos también los demás procesos de maduración. Por lo tanto, en la temprana infancia el cuerpo humano es supeditado a una “segunda” maduración biológica, ciertamente post-embrional, en cuyo final se encuentra una especie de “segundo nacimiento”. (El concepto del segundo nacimiento socio-cultural) se radica el lenguaje sociológico; Claessens: Un estudio con respecto “al segundo nacimiento socio-cultural” del hombre, 1967). Aquí, mas allá del mismo, se diferencian entre sí, aun otros “nacimientos”, que acompañan paralelamente la madurez escolar, la del sexo y la de la vida, notan evidentes exteriormente, que empero se tornan comprensibles con mayor efectividad en oportunidad de los conceptos dados de la observación sutil.

 

 

Tenemos en primer lugar la entrada a la madurez escolar. En el lapso transcurrido entre el nacimiento y la madurez escolar, el ser humano ha transformado profundamente a su cuerpo. Cobra validez al respecto, que en ocasión de toda transformación rige un sistema de dinámica y de perfección: la cabeza con un sistema sensorio y nervioso. Durante el así llamado primer cambio de la figura, entre los cinco y los siete años, el niño se estira, sobre todo en la región pectoral y luego también en los miembros mas alargados, de modo tal, que ahora con su brazo extendido por encima de la cabeza puede tocar la oreja. Este procedimiento ha sido empleado con niños en las filipinas con edad desconocida, para determinare la madurez escolar.

 

 

Ese cambio a su vez coincide con el cambio dentario: los dientes de leche, heredados y formados ya en el vientre materno, caen, mientras que debajo de los mismos ya se han formado las coronas de los segundos dientes, a los que aun les faltan raíces. Ese proceso, que sobre todo abarca la maduración de la estructura visible, microscópicamente fina de los órganos físicos, significa, que de allí en mas las fuerza de configuración tienen que actuar con menor intensidad en ese lugar; el órgano en cuestión esta configurado, tal vez tenga que crecer un poco, solo debe ser mantenido. Por ese hecho empero, las fuerzas configuradoras se transforman de fuerzas plasmadoras físicas en fuerzas que en lo futuro sirvan al alma del niño para su desarrollo. De fuerzas originalmente físicas sujetas al cuerpo, se transforman a fuerzas anímicas. De esta manera, de la madurez cerebral resulta sobre todo, la facultad de la libre concepción y de la memoria, la inteligencia liberada.

 

 

Ese proceso de la primera maduración en la temprana infancia, evidentemente se divide en varias etapas: en los primeros tres años, en la adquisición de la capacidad del caminar, hablar y pensar. ¿Qué significa esto? Las fuerzas anímicas polares de la antipatía y la simpatía, que como sensación pura se apoderan de cuerpo, se arraigan en el mismo con mayor profundidad, o tal vez también podría decirse, el cuerpo se transforma por ellas. Dado, que la sensación de placer y de dolor a través de la reflexión aprende a contenerse y refrenarse en la vehemencia del ser así, en el momento en que le es dado “expresarse” a través del habla. El alma habla y se participa hacia fuera, y al hablar se experimenta en una delicada distancia de sí misma. El habla comienza a ordenar el cambiante curso del destino de las fuerzas anímicas y de los sentimientos, sin eliminarlas. De esta primera disposición, la lingüística, emana luego otro distanciamiento adicional (un segundo orden superior) la reflexión pensativa-conceptual. En los primeros años, todo acontece dentro de la disposición y en inicios, por el hecho de que el cuerpo en medida cada vez mayor se constituye en órgano de las fuerzas anímicas, vale decir, que las recibe y por su función les ayuda al logro de la auto-percepcion y la conciencia. (Karl konig: “Los tres primeros años del niño”). Cuando en el tercer año de la vida comienza a aparecer el pensar, la configuración corporal post-embrional puede orientarse hacia regiones mas profundas: la compenetración de los órganos, vale decir, los procesos de maduración, que en los primeros dos años estaban concentrados al cerebro, tal como lo muestran la adquisición de la organización motriz, la lengua, y el inicio de la facultad pensativa, ahora se abocan en mayor medida al espacio conformado por el pecho. Entre el tercer y el quinto año de vida, lo anímico en su peculiaridad se relaciona en medida mayor con la región del sistema circulatorio de la sangre y el ritmo respiratorio. Esa fase concuerda con aquello, que Zeller en su teoría constitucional denomino RELLENO CORPORAL, a diferencia de la anterior, y la posterior etapa de estiramiento del cuerpo. (B.C.J. Lievegoed, “Fases de desarrollo del Niño”). Esto halla su expresión en la libre vivencia, en la inclinación personal hacia un adulto, o el rechazo hacia el mismo o hacia otros niños. En el ultimo tercio de la temprana infancia, del cuarto al séptimo año de vida, experimenta su formación una región física aun más profunda/baja; haciéndole permeable para el paso de lo anímico. (Naturalmente, que sigue activa paralelamente la configuración y maduración biológica del cerebro, de la región del tórax, así como el crecimiento conjunto de todo el cuerpo). Ahora recibe su desarrollo adicional el ámbito digestivo y sobre todo, el ámbito de las piernas (¡alargarse!), así como la organización genital intermedia, sin que por ello podría hablarse de maduración. A partir del desarrollo en su conjunto, o sea, el modo en el cual las fuerzas polares del alma se apoderan funcionalmente de la corporeidad diferenciada, adecuándola como órgano propio hasta en los últimos pormenores, se torna entendible luego también la sexualidad como un ámbito parcial dentro del conjunto, nunca empero, lo inverso: el hombre, desde la sexualidad. Originales y causales para todo el desarrollo, son las fuerzas animico-polar. No puede ser adquirido el habla, ni tener lugar el desarrollo corporal, sin la amorosa y hablada dedicacion; sin ella, el niño languidece. La propias alma del niño no puede responder a lo animico-circundante. El alma se posesiona primeramente de los sentidos, luego de la estructura nerviosa pertinente, mucho más tarde recién de la respiración y los sistemas orgánicos pertinentes, y más tarde aun, de la organización sexual: recién entonces aparece la sexualidad, se articula como parte dentro del circuito de la vivencia anímica.